[el blog de como cuando uno suele por tendencia tratar de evitar caerse cuando como por error se tropieza con un borde de esos pequeños y escondidos y uno intenta sortear entonces la caída que le sigue y cuando sabe que no puede esquivar el golpe del piso le toca como girar para caer sobre el brazo protegiendo el pecho o con los brazos primero como queriendo ser fuertes pero el dolor igual se siente y ya cuando uno deja de pensar en cómo recibir el totazo es que se está o sobando o queriendo levantar]
27.12.09
El activismo: arma necesaria en épocas de descenso
22.12.09
Dos vagancias provechosas
26.11.09
Entre las 7:23 y las 9:47 p.m.
8.11.09
En mi cabeza.
24.10.09
Los que se pisan
[De mi blog anterior; escrito el 23/03/09]
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¡Cuánto quisiera correr y correr! Corre él y corren muchos dentro de él, corren otros, corren conocidos, extraños, la prisa les gana.
Los pies prestos contra el suelo y las tapas del calzado desgastándose. La cabeza destrozada y las piernas ágiles, inquietas, huidizas y salvadoras. Es el atajo hacia la respuesta, la vía rápida hacia la salida de emergencia.
Muros, charcos, mucho pasto y mil y un calles, todos obstáculos torpes y testigos mudos del apuro. Ninguno comprende la magnitud del desespero y la sinsalida, ninguno se solidariza ante el afán de llegar. Si aunque sea los muros se agachasen, si los charcos brindaran una sensación lubricante de deslizamiento, si el pasto tuviera menos fricción y estuviera siempre cortado a ras, y si las calles estuvieran vacías y al nivel de los andenes para no desperdiciar el tiempo bajando de una cuadra para subir a otra… Si la ciudad fuera un cómplice, una madre alcahueta, un ente permisivo que no interfiere en las acciones de sus hijos, si tan sólo fomentara el libre tránsito y se pusiera en los zapatos del que corre sin parar, sin detenerse a respirar siquiera pues esto ya pronto sería una nimiedad. En esos mismos zapatos que aúllan y cuyo paso retumba en el aire estridente de cualquier tarde urbana.
Ese par de vasijas con cordones, esas dos ruedas amorfas sin llantas pero con una trama semejante en su base, que puede rellenarse de boñiga en sus recovecos o de palitos caídos o de barro o de chicles abandonados. Llévenlo raudos, acérquenlo a su resolución y no sean jueces entrometidos en su juvenil e inmadura decisión, pero necesaria para tan pocas garantías.
Un ascensor del edificio donde reside, una escalera al cielo, a la gloria. Los zapatos descansan durante el ascenso de la plataforma y se alistan para correr por última vez. Los ojos rebosantes y la llave que gira para quitar un último obstáculo.
Ahora frente a ese balcón, se siente ido, inerme, amorfo, metafísico y mental. Sin coraza. Con frío ante la ciudad fría. Sus pies sin zapatos corren y saltan, tras tres metros, por encima del barandal; las piernas adjuntas sin pantalón de dril se saben menos tiesas, un tronco sin camiseta cuello en V que suspira al final, dos brazos sin mangas a rayas que se doblan hacia delante como queriendo amortiguar el mundo y una cabeza calva hecha añicos desde antes de que los zapatos se echaran a la carrera.
11.10.09
Son las seis, y sí, yo también cuento las horas.

6.10.09
Lo Rojo [cortometraje de ficción]
Un homenaje a la memoria y a mis abuelas Sofía y Elena. Realicé este cortometraje en junio de este año (2009) con una cámara, un trípode, dos personas en el equipo y una actriz de trayectoria. ¿Qué resultó?... Pues una mancha sensible y escarlata.
26.9.09
Innovación en el oficio.
¿Alguna vez lo han atracado? Si su respuesta es afirmativa, pudo haber sido con chuzo, sin chuzo, con revólver, con groserías, con forcejeo, sin él. Bueno... pues no siempre hay eso.
Párese en cualquier punto del Centro de Bogotá, esto que le contaré pasa en cualquier lado de él y de la ciudad y del mundo, pero enfoquémonos en el Centro. La Carrera Cuarta. Por ahí en la Calle... Dieci... Catorce. Sí, esa intersección sirve. Camine hacia el Sur con sus audífonos blancos puestos y oyendo música de los Stones. Vaya por el lado de la vía que esté menos concurrido, así todo será más sutil. Fíjese en el hombrecillo atento hasta que él le toque el hombro y le pida un instante de su tarde. Quítese primero el audífono izquierdo, déjelo oscilar colgándole por encima del cuello de su camisa a rayas, y escuche con presteza su discurso:
-Primero que todo, gracias por no desconfiar, hombre. Menos mal que no es de esos gomelitos picados que lo ignoran a uno diciendo que tienen afán y ni lo tratan a uno como persona.
No diga ni mueva su cabeza, ni siquiera piense en hacer un gesto. Llegaría yo a afirmar, incluso, que ni usted lector sabría que gesto hacer por muy de acuerdo que esté con lo que él dice, o por muy sensible que se sienta con el dolor del hombrecillo al exponérselo de buenas a primeras.
-Le voy a hablar con la verdad, porque yo soy un hombre sincero. Me gano la vida como ladrón... pero fresco que yo a gente como usted, así, humilde y todo, que no se las da de gomelito sobrado y lo entiende a uno, no lo toco. Porque vea, míreme bien, míreme. Nosotros sólo necesitamos que nos den una oportunidad de hablar y de darle confianza a la gente. Cristian, para lo que necesite.
Dele la mano y ahora sí siéntase cómodo de sonreír. Dígale su nombre claro, no muestre nerviosismo, pues usted quiere hacer la diferencia, no ser un paranoico, ser un humanista abierto y que no le gusta sentir lástima sino ayudar. Y para ayudar, sólo deje al hombre hablar.
-Ayer atraqué a un muchacho en la Ciento Setenta, le quité su iPod Nano de treinta gigas. Créame, ¡un Nano de treinta! Estaba yo ahorita en una panadería aquí a dos cuadras y ese hijueputa panadero prefiere botar el pan duro que dárselo a uno que no tiene pa' comprarlo. Es que dígame si no es un gran malparido, ¿no regala el pan y sí lo bota? Gran...
Asienta, asienta mucho. No tiene por qué parecerle justo eso, sobretodo viendo al hombrecillo hablándole transparentemente.
-Le pedí dos croasanes con gaseosa porque el tipo me dice en un inicio que me los regalaba, y al final me las cobró porque dijo que le iba a faltar plata al final del día y paila. Entonces me tocó darle el iPod, si no, no me dejaba irme, me dijo que me lo regresaba si le pagaba los dos mil ochocientos de la cuenta. Es que yo prefiero regalarle el iPod a alguien humilde, así como usted, que a ese panadero hijueputa que no se lo merece. Y, ¿sabe qué? Lo felicito por ser así, por creer en las personas y no ser un malparido gomelo que sólo con pedirle a la mamá algo ella se lo da. Eso cuando yo le dé el iPod a usted va a quedar más feliz que marica con dos culos.
Déjese endulzar el oído. Asienta con cada cosa y diga una que otra cosa que lo haga sentir mejor, pregúntele de dónde es, hace cuánto roba, cómo se siente. Hágale la conversa. Luego de que él le pregunte:
-¿A dónde va?,
dígale que a la Biblioteca Luis-Ángel Arango, en la Once con Cuarta. Escuche cuando le dice emocionado que la panadería queda al ladito, pegadita. El hombre de verdad se quiere desahogar.
- Tranquilo que cuando acabemos yo me devuelvo con usted a la biblioteca, yo solo no lo voy a dejar.
Sonría, limítese a eso aunque quiera decir más.
-Llevo veintidós años viviendo en el Tres-Noventa y Siete del Chorro de Quevedo, ¿ha ido? ¿Le gusta por allá? Los cuenteros son la berraquera. Y llevo diecisiete años robando, ¿pa' qué le digo mentiras? Hace como cuatro años, un tipo se me puso todo derechito diciéndome "¿Qué, me va a robar?, venga, ¡venga!", ahí al lado del CAI que queda cerca a CityTv, y sólo porque le dije que me diera una moneda. Y cuando me le abalancé... es que en serio, me entró una rabia... me le abalancé con el puñal, y los tombos me metieron nueve balazos.
Observe con compasión unas cuantas cicatrices que él le muestra en los brazos y la cara.
-Casi me matan, y estuve cuarentaydós meses en la Modelo, salí en el dosmil. Y yo los pagué contento, porque sabía que ese hijueputa no se quedó limpio. Le metí catorce puñaladas.
Abra los ojos y recuerde que usted no tiene por qué merecer que le pase nada malo. Usted procura todos los días sonreír sin esperar, brindar desinteresadamente, ser, en pocas palabras, "bueno". Y usted no tiene por qué exagerar, cada cosa que pasa por su cabeza, cada acto y palabra y pensamiento e ideología socialista, le permiten asegurar que tomar el riesgo de estar en el Centro, hablando con un desconocido de tú a tú que le asegura haber cometido faltas gigantes en su pasado, y caminar hacia nosabecuál panadería, le aportará fe en la humanidad.
-Hermano, en serio gracias por su humildad, yo soy Cristian, del Tres-Noventa y Siete del Chorro, acuérdese de mí pa' lo que necesite. Yo conozco a todas las ratas de La Candelaria y cuando tenga un problema yo le ayudo, porque yo con la gente que me trata como gente me porto como gente.
Sonría. Recuerde a Camilo Torres, a Ernesto Guevara, a Jorge Eliécer Gaitán, a la viejita sintecho de sesenta y cinco años que hace cuatro lo llamó a usted "doctorcito" y lloró a lágrima viva cuando usted la hizo sentir especial regalándole un relojito azul de cumpleaños. Piense en cuánto tiempo llevaba ella sin escuchar una felicitación ese día y cuánto tiempo lleva el hombrecillo sin ser escuchado sin desconfianza, sin miradas sospechosas sobre él. Usted se considera ahora una pieza de cambio para la redención que el hombrecillo busca.
Mire cómo pasan de largo la Biblioteca y siguen hacia el sur.
-¿Usted qué celular usa?
Muéstrele su Nokia modelo dosmiltrés, siéntase complacido cuando él le diga, reiterando, lo humilde que le parece.
-Ya va siendo hora de que cambie, cuando quiera yo le consigo de esos iPhone baratos, yo me conozco los que los venden por acá.
Menciónele que usted no es de esos aparatos, la verdad puede vivir sin ellos y se siente bien. Recuerde, a su pesar, los auriculares blancos que le cuelgan sobre el pecho y adonde están conectados.
-¿Y en qué escucha música?
Al sincero, sinceridad. Usted quiere marcar la diferencia y no le miente. Un iPod Nano de cuatro gigas.
-Uy, de esos no conozco. Nunca he visto uno, déjelo ver.
Dígale que es cuadradito, bien pequeño. No se lo deje ver en un principio, dude.
-Míreme, míreme bien.
Mírelo quitarse la gorra, vea su cabeza redondita, el pelo corto, los ojos verdeamarillos y la cara lastimada luego de años de vivir en la calle. La mirada decepcionada. Recuerde sus ideales y su labor en el mundo. Exprésele que quiere evitar pecar por bobo y siga manteniéndolo en su bolsillo. Oiga a su ser capitalista-tradicional decirle que proteja su patrimonio económico, que su música es una guía y que no se lo muestre. Ya estando a cuatro cuadras más hacia el sur de la Biblioteca, sienta de verdad la lejanía y dígale el afán que tiene, que de verdad tiene, menciónele su clase de dos en punto a la cual llegará tarde. Deje que él lo mire y que le vuelva a decir:
-Míreme, míreme bien que no le estoy mintiendo. Cuando le dé su iPod de treinta usted va a quedar más feliz que un marica con veinte culos, la madre que sí.
Aclárele una cosa: usted no lo hace por el iPod, a usted lo que más le interesa es que el hombre recupere su dignidad con el panadero y pueda seguir su tarde tranquilo. A usted sólo le interesa escuchar lo que el hombre le quiere decir y hacerlo sentir importante, pero esto último no lo dice tan literal.
-Pero igual es como una recompensa, ¿no? Es un aparatazo.
Siga en desacuerdo pero no se lo comunique por no llevarle la contraria.
-No desconfíe de mí, que se lo juro que me recuerda a esos gomelitos. Usted no es así.
Usted no es así. Cruce la Calle Séptima y vea a Belén, un barrio que usted desconoce. Imagine al gomelito atracado de la noche anterior y a todos los demás que, por indiferentes y elitistas, terminaron sin sus pertenencias, perturbados, apuñalados. Mire a su alrededor y sépase sin lugar hacia dónde correr sin correr peligro. Visualice con curiosidad lo que el hombrecillo empuña dentro del bolsillo derecho. Saque su aparato del bolsillo y enséñeselo.
-Ay, ¡tá bonito! Ya casi llegamos, aquí a una cuadra.
Vea a lo lejos una pared interminable, no alcance a divisar nada parecido a un negocio de pan.
-Es que me provoca mostrarle el suyo y decirle que es el mío cuando me dé mi aparato pa' que le dé más piedra a ese viejo hijueputa. Es que cómo va a preferir botar el pan duro que regalarlo...
Mantenga su percepción de las cosas, de abierto y pieza de cambio. Note cómo la mano de él se extiende para pedirle sin palabras que le dé su aparato de cuatro para mostrárselo al hijueputa. Dude de nuevo y mírelo fijamente antes de dárselo, oyendo su
-No desconfíe de mí
y su
-A los humildes como usted no les hago nada,
y note que la mirada de él empieza a percibirlo como un gomelito más. Imagine, por segunda vez, los destinos de los que se portaron mal con él. Pídale que lo mire a los ojos y que le prometa, que le dé su palabra de hombre de que dice la verdad.
-Míreme, míreme bien.
Observe el color de las esferas y el embargo profundo que le transmite. Tema y déle el aparato pidiéndole a Dios que, al final de todo, usted todavía tenga fe en la humanidad. Que lo proteja y que no lo decepcione.
-Mire, usted me lo dio. Si yo se lo fuera a robar, ya me lo hubiera llevado. Ya estaría al pique al otro lado de la calle. Ya casi llegamos, esa de ahí de la esquina.
Siga a donde su dedo señala y vea el letrero grande y las vitrinas y huela la masa que, quemadita, en el aire se hace notar. Déle los dosmilochocientos que el hombrecillo necesita, pero como no tiene tanto sencillo, dele uno de una denominación mayor. Note cómo él le indica que espere afuera mientras hace la vuelta y que note cómo él no se escapa por la otra puerta del establecimiento. En cierto sentido, él le da bases con hechos para que no desconfíe en él. Gústele.
Mire la Iglesia de Belén, el colegio. Póngase en la esquina opuesta y detalle que él no se vaya a salir corriendo. Conserve todavía la esperanza de que él le devuelva el aparato y de que se sienta bien dejando con la boca cerrada al hijueputa. A los veinticinco segundos escuche cómo lo llama a usted desde dentro de la panadería y acérquese.
-El man no está acá, nos toca ir a la casa que es aquí a tres cuadras.
No abra los ojos en señal de miedo, deseche momentáneamente cualquier vestigio de ideología socialista y pídale su aparato de buena manera, usted tiene afán, repítale lo de su clase de dos en punto.
-Aj, yo supe desde un principio lo de que usted no iba a ser del todo sincero conmigo, se lo tengo en cuenta, todo bien... Es aquí no más, no nos demoramos.
Siéntase como un culo, caiga en la cuenta de las inconsistencias existentes en la historia del hombre desde que empezaron a conversar: desde su ansia de regalarle el iPod a "alguien como usted" hasta el "está pegadita a la biblioteca", pasando por el "hace cuatro años apuñalé a un tipo y me metieron a la carcel cuarentaydós (!) meses", rematándolo con la máxima "salí en el dosmil". No le demuestre su nerviosismo y sígale la cuerda persuadiéndolo.
-Yo sé que usted está nervioso y lo entiendo. Pero créame que es aquí no más.
Usted no puede devolverse sin más, debe acompañarlo. Sería ridículo decirle que ya sabe que todo es mentira pues él podría reaccionar violentamente de veras por ser llamado un mentiroso, como si ser ladrón no se prestara para eso. Dígale que no está nervioso pero reitérele su apuro. Siéntase como un idiota, como un inocente que marcó la diferencia pero no como esperaba.
Acompáñelo por 'la cuadra'. Escuche su
-Esto es una olla. Yo viví en una olla mucho tiempo, viví en El Cartucho. Por aquí ni se le ocurra andar solo, esto es horrible. Ya casi llegamos.
Suba la loma que él le indique arriba de la Calle Tercera. Ore con todas sus fuerzas por que pueda devolverse a la Biblioteca lo más pronto posible y mire el aparato en la mano derecha del hombre no con más resignación que al hombre mismo. Note cómo se asoma un atisbo de esperanza cuando él lo mire a los ojos y le espete verosímilmente
-Gracias, en serio, por acompañarme.
No haga nada, límitese a respirar para calmar sus pálpitos acelerados, no asienta, no sonría, no se sienta adulado y niéguese a dejarse a endulzar el oído.
-Quédese aquí que es la primera casa desde la esquina, yo volteo y ya vuelvo.
Ya toda esa labia debe parecerle una mierda para entonces, así que siga tan inmutable como está, evite oírle sus últimas palabras.
Obsérvelo yéndose. Llénese de una última descarga de impulso y hágalo detenerse con una palabra cuando ya esté caminando y alejándose de usted. Páresele en frente y mírelo con determinación, la voz siempre calma pero firme. Pídale su aparato o que lo deje acompañarlo.
-Esto es una olla, yo no lo hago subir es porque lo atracan. Después no se queje.
Acérquesele y reitéreselo. Mírelo a los ojos y busque arduamente la humanidad que tanto espera ver y en la cual quiere creer. Ore tácitamente. Escuche su tono de voz ahora cambiado en el que se denota el desespero por negar fracasar, cómo sus palabras sales con los dientes entrecerrados y cómo su mirada se torna tensa y punzante.
-Mire, si no me deja avanzar, arreglemos esto con violencia.
Mire su mano entrar en el bolsillo derecho. Enfurézcase y quédese quieto.
-Vuelvo en dos minutos, espéreme aquí.
Al verlo cruzar la esquina, ni piense en esperarlo. Agradezca porque él no le hizo nada pero entristézcase profundamente porque no se explica la injusticia cometida para con usted. Usted es alguien de quien se aprovechan. Algo hace mal. En alguna parte de su metodología flaquea.
En últimas, usted se alegra de poder vivir sin la música portable, al fin y al cabo tenía una vida antes de ella. Pero se deprime porque, a pesar de sus ruegos, siente que perdió en gran parte la fe que temía extrañar tener. Al rato cae en la cuenta de que, por extraño que parezca, admira al hombrecillo. Lo admira porque se necesita bastante audacia para tener éxito al usar la metodología de hurto que usó. Perspicaz y genial resultó, y eso lo hace sonreír porque le gusta burlarse con sorna de usted mismo.
Llame a "Emergencias", ponga el denuncio con rabia disimulada, acuda al primer policía que vea, pídale que le deje hacer una denuncia y escuche cómo se burla de usted de su ineptitud, de por cómo actuó en vez de ayudarle a solucionar su problema. Salga de la estación resignado y dejando de lado la idea de pedir apoyo legal pero tampoco pensando en vengarse. Mire al cielo con optimismo, trate no de buscar el por qué le pasó lo que le pasó sino el para qué, el con qué finalidad. Regrese a la Biblioteca, saque el libro que planeaba sacar, camine hasta la Carrera Séptima con Calle Veintiuna y descubra a un saxofonista apasionado que le levante el ánimo con aletargada sonoridad y sonría sinceramente. No se sienta (al menos no completamente) como un inepto. Coja un bus hacia su casa y duerma en el trayecto.
Entre a su cuarto, mire por la ventana cómo cae la noche y en un cuaderno de tapa verde, escriba.
[NOTA FINAL: No hay ficción presente en lo que usted acaba de leer.]
30.8.09
De a dos.

13.8.09
Jack Conte y las VideoCanciones
10.8.09
¿Es eso lo que quieres?
5.8.09
Cortos de Primero.
29.7.09
Con-fabulación melosa. Ugh...
26.7.09
El cruce.

22.7.09
P's.
P. no se ha bañado aún, los orgasmos como que le han dado el impulso para cocinar. Como su creación y miro tras su hombro la esfera que no lo es. Minutos antes, echa en ella escamas multicolor que huelen a mar.
Una aleta sofocada, un nado sinfín, un boca que hace bababababababa lanzando burbujas inútiles que, en la superficie, no le dicen aquí afuera no es que mejore la cosa. La bailarina se detiene. Digo ha muerto en voz alta, a lo que P. responde mirando hacia donde yo miro. Sonríe y dice desde que la compré se hace la muerta para salir de la pecera. Ja jaja já.
Lleno mi cuchara y masticando me atraganto. P. se levanta rápido y me pregunta te traigo agua, estás bien, me toca la espalda y me la golpea pasito. Pasa la cosa. Se vuelve a sentar, le digo gracias, sólo fue un arroz. Sigo mirando la esfera que no lo es, babababababababa, hago un zoom imposible a las manchas de las escamas, babababababa, qué ingenuo es todo, un nado circular que debería marear pero sólo es el patetismo de querer salir. Burbujas, díganle la verdad, imploro en voz alta, a lo que P. hace cara de no entiendo. Señalo con la cabeza para que entienda, pero no voltea a mirar. La bailarina se sostiene en su aleta trasera, traga las escamas multicolor en un bababababa ensordecedor.
Me vuelvo a atragantar, toso como quien tiene muchos años. Enseguida, P. se para y me da un largo beso en la garganta, no un beso de lengua, ni lascivo ni ven aquí, quiero sentirte cerca y te beso en el cuello porque así me trago lo que no dices, tan sólo un garganta, gargantica, traga bien, ten paciencia, come despacio para poder besar más tarde lo que llaman labios y lengua y dientes. Garganta, no te estropees, sabrá el de arriba qué no te permite concentrar en lo que comes.
Me calmo, ya pasó el otro arroz. Se vuelve a sentar, P. me alarga un vaso con agua y simplemente digo ha muerto. P. no sonríe, me mira con asco, dice coma, coma, coma, que por hablar es que se mueren los sapos. No paro de ver la esfera no esférica, de nuevo el nado circular interminable y las burbujas sádicas que no develan la verdad: aquí morirás, pez infeliz, afuera no es mejor la vida y no hay agua que respirar, adentro sólo estás tú por mucho que busques a tu alrededor y los reflejos en el vidrio son sólo reflejos de cómo te ves, así desesperada y todo. Me hastío y grito pegándole a la mesa sáquela de ahí, P. No se molesta en darse vuelta y ver a qué me refiero, pero sobre su hombro moreno la pecera gime y tiembla.
Es así. No hablamos estando sin ropa más que para sofocar nuestras preocupaciones. Comimos antes de comer, grave error. Ahora vomitaré doble, viendo un Pez comer ingenuamente, con sadismo a su alrededor y deseos de verle sufrir.
Ya no es su hombro, es su cara escamada y morena. Estaba delicioso, gracias.
15.7.09
Bang.
13.7.09
Nota sobre "Lo rojo".
Esta nota no tiene un fin explicativo, más bien sí uno expresivo. Expresaré lo que me llevó a un proceso arduo y, por contraste, regocijante. Mi abuela paterna está perdiendo la vista a pesar de que su memoria no se arruga. Recuerda fechas de nacimientos, de partidas, de vivencias, de matrimonios y divorcios y ‘enviudamientos’, de aquellas cosas que podía hacer y ya no. Números de teléfono, nombres completos, parentelas y descendencia hasta el vigésimo grado, y así. Memoria fotográfica, numérica, vivencial, intrigante. Días antes de intrigarme por su envidiable condición, actué junto a Margalida Castro en Pepas de Manzana, un cortometraje sobre una anciana senil y su desarraigo lento de la noción y de la memoria. Marga hacía de la anciana, yo era uno de sus nietos. Era una sola escena y, como había que hacer varios tiros de cámara, mientras cuadraban fotografía y sonido charlábamos de todo y de nada. Margalida es una persona muy conversadora, le agradezco por ser una perfecta excusa para no aburrirse uno, es genial y reconfortante hablar con ella, o cuanto menos, escucharla hablar. Por alguna azarosa razón llegamos a Cortázar, mi escritor favorito, y luego de muchas preguntas, opiniones y consideraciones, la escena se terminó. Cobré y ya estaba a punto de irme, cuando Marga me entabló una conversación. No recuerdo puntualmente sobre qué fue, pero al término de ella estaba anotando su número en mi celular y viceversa. Se maravilló conmigo y, al saber que yo estudiaba cine, me dijo palabras corteses que me tomé muy a pecho: “me encantaría trabajar algún día en algo tuyo”. A las dos semanas la estaba llamando para que me protagonizara lo que hoy es Lo Rojo. Le mandé el guión (como me lo pidió) y, en sus palabras, la conmovió. Aceptó sin condiciones, para mi fortuna: era la única persona que consideré para el papel, lo escribí pensando en ella y en mí como dos personas interdependientes. Pensé en una ventana. Escribí un esbozo al que titulé Generacional, pero me di cuenta de que no funcionaba. Lo reformé. Tenía que adecuarme a una locación, pues el set debía ser una sala con una gran ventana. La de mi casa estaba bien, pero el ambiente no era tan de abuela como yo quería, había que hacer un trabajo extenuante de arte y no tenía yo tanto presupuesto. Pensé en mi abuela paterna, quien vive en Chapinero y me decidí en pedirle prestada su sala por un día. Ella vive sólo con dos mujeres que la atienden, pero se la pasa todo el día mirando (o haciendo el esfuerzo de mirar) por la ventana de su cuarto. Eso noté en cuanto entré a su cuarto el día del scouting y la encontré en esas circunstancias rezando el rosario. Cuando acabó, me dio el visto bueno de filmar allá. Repasé, con más minucia esta vez, la sala de su apartamento. Era perfecto. Era como si, inconscientemente, el guión lo hubiera escrito pensando en esos sillones y esa ventana y esa sala. Volví a su cuarto para sentarme a su lado y leer un rato ahí. La miraba callado y, como si no pasara nada, llegué a la revelación de que era a mi abuela a quien interpretaría Margalida. Mi abuela no desvaría tanto como el personaje, pero la memoria es lo que las mantiene vivas y concordando en eso concordarán lo suficiente. Reformé el guión de nuevo por la locación y por las nuevas luces sobre mi abuela, y ahí sí lo envié a Marga.
Luego de pedir colaboración gratuita a diestra y siniestra, el día de la filmación terminamos siendo sólo el camarógrafo, el script boy, Margalida y yo en el set grabando con un solo equipo: la cámara. Ni luces, ni micrófonos externos, ni grip. No fue mucho lo que hubo que mover en la sala, de hecho lo que se ve en la película es completamente auténtico, así vive mi abuela, así es su ventana, sus pinturas, su mesa del comedor con sus sillas de terciopelo verde moco. Empezamos a grabar según el plan de rodaje, pasando penas por el infortunio de estar grabando en una ventana que da a la Calle 53 abajo de la Av. Caracas, lo cual implicaba pitos, sirenas, alaridos de vendedores y campanas de carros heladeros que se colaban cada nada en el micrófono de la cámara (de esos que, como dice Marga, “cogen hasta un pensamiento”), lo que significaba tener que esperar a que el semáforo estuviera en rojo (y dale con el color) y el tráfico parara para poder grabar de nuevo los parlamentos. Por fin, acabamos una hora antes de lo estipulado. En el descanso del almuerzo, traje a la sala-comedor a mi abuelita Sofía, cómo no. Conoció a mi equipo (tres personas son equipo, no importa lo que diga el que piense que no es así) y, habiendo comido, la llevé a su cuarto de nuevo haciendo escala en el baño y retorné a la sala con su bastón (ah, porque el bastón me lo prestó ella; me faltó poner en los créditos: “Utilería: Sofía Cortés”.) Margalida hablaba, mientras yo cuadraba un plano, sobre el cómo yo retrataba la memoria en una mujer vieja. Nos miramos. Cayó en la cuenta ahí, confirmándoselo yo luego, de que su personaje no lo había inventado yo: existía.
Creo que más que un ejercicio de cine fue sobre mi percepción de familia y del dolor luego de los años y lo que eso implica. Concluí que el dolor no se sopesa con el tiempo sino con paciencia y de eso mi abuela tiene mucho.
Le agradezco a Dann, a Sebas, a Marga y a mi abuela por este hijo que, si no ha de ser el mejor, aunque sea fue el menor y el más consentido.
26.6.09
Haiku de la niña
Muerte
Manipuladora
¿Quién quiere jugar a otra cosa?