
[el blog de como cuando uno suele por tendencia tratar de evitar caerse cuando como por error se tropieza con un borde de esos pequeños y escondidos y uno intenta sortear entonces la caída que le sigue y cuando sabe que no puede esquivar el golpe del piso le toca como girar para caer sobre el brazo protegiendo el pecho o con los brazos primero como queriendo ser fuertes pero el dolor igual se siente y ya cuando uno deja de pensar en cómo recibir el totazo es que se está o sobando o queriendo levantar]
18.12.10
Diálogo número uno [Valeria Grajales / Marco Aurelio Simbaqueva]
Palabras que quisiera callar.
Deseos que quisiera no contener.
Angustias que quisiera anular.
Sonrisas que quisiera no archivar.
Dolores que quisiera curar.
Sueño que quisiera dormir soñando que vuelo en un maremágnum [de polvo y luz, sin elevarme ni caer y viajando sobre una estela de [campos floridos y lluvias apacibles.
Querer, querer, querer...
A veces es menester volvernos prácticos.
Y hacer.
Ayer, un sueño lúcido.
Hoy, la oportunidad.
Hoy, mañana y cada día una nueva oportunidad que me hace sentir viva, que sin querer me lleva al delirio.
Me encuentro de nuevo intentando perpetuar sentimientos, persiguiendo mi felicidad sin resultado alguno.
Hasta que entonces el trance se vuelve insoportable y acepto la derrota en la batalla. La victoria es de las leyes que un día inventé, que al final me convencen de que querer se vuelve una vez más insuficiente.
Levántate y respira, que de tanto caer se hace más fuerte la [espada.
No hay afanes, sólo caprichos.
Sólo caprichos.
17.12.10
Complementaria.
naranjas
14.12.10
Justos Somas Rojos
1.12.10
Daniel Lara Cardona.
La mañana de la carrera trazó su propio método para hacerse a la corona de flores: de zancada en zancada y respirando a cuatro tiempos. A mitad del camino llovió sobre la pista y el agua fría que logró tocarlo lo hizo sentir fresco para ganar. Ya en el podio, su cabeza caliente y su bomba de sangre, víctimas de un calambre fulminante, dieron la estocada final bajo la corona. Esa noche, alguien la pondría junto al ataúd, con una cinta que dictaba su nombre y una medalla que nadie enterraría con él.
John Jairo Ríos R.
Nadie cantó una canción de cuna al verle por fin su cara, sólo su madre llegó al fa más agudo cuando en la última puja salieron por fin los pies. La primera música de la vida es un dolor disfrazado de ópera.
30.11.10
Sebastián Ching.
En la Plaza del Centenario crecieron flores estando enlosado y cementado todo su suelo. Le llamaron maleza y pronto fue de nuevo el cadalso del siglo diecisiete.
28.11.10
"La mer" - Dick Annegarn [videoclip] (HD)
24.11.10
Dos cuentos publicados.
La estupidez de la caja de chicles
En busca de un bocado de gloria, caminó cuadras húmedas entre multitudes insomnes y ruedas zumbantes del ritmo deforme urbano. Cerca de él, bicicletas sin destino se peleaban un lugar en la carrera de la hora del almuerzo. En una esquina, ese escenario cualquiera, de esa calle cualquiera, un pequeño baúl de madera reciclada albergaba en sus cuadrículas varias clases de mentas, dulces de café, dulces frutales y chicles. Preguntó a su bolsillo y respondió que doscientos, el presupuesto excedente era preocupación de momentos menos angustiantes, preguntó a la vendedora y respondió que doscientos, que dos en trescientos y que tres en quinientos, pero la medida de lo justo es la absoluta eutrapelia, placido con la magia de la correspondencia en el universo metió entre sus dientes los chicles con caja incluida mascando entre tanta elasticidad de la goma el empaque de cartón delgado difícil de moldear al salivar, que se resistía a las torsiones bucales pero iba cediendo de a poco a fundirse entre la viscosidad adhesiva, mojándose sin más salida como las calles de ese día a esa hora, como sombrillas rotas de gente con pantalones encharcados, ahogándose sin afán entre las olas de la boca de la angustia, continente del angustiado que mascaba, pensando que sin molestarse del todo por la compresión entre los dientes hubiera sido de mejor provecho resguardando los fósforos de quienes cocinaban a gas ese día a esa hora en la tierra del hambre.
23.11.10
Poesía N [nosoygirondo]

Tengo tiempos torvos
traigo tantos tinglados
tuerzo tímpanos tales
tangos tontos tiesos tangos
tuétanos tísicos tónicos
túnicas tercas transparentosísmicas
tinta tirada torpemente
en la tierra trabajada por las toses, tripas, tobillos,
sin las tazas tasadas con tisanas
más los toros terciados tajados y trozados
obviando tratos tratados toscos
ansiando trasluces transportados tras telones teatralizados,
drogándome a través de terroncitos tormentorgásmicos,
tirándome tras tomar tés de tomillo torrentista,
de terrazas taiwanesas tocadas por trombones de tonos
terroristas, terroricidas, terrorólogos, terrofóbicos, terrocráticos, terrodémicos, terroritis, terrorófagos, terrobo, me robas, te rompo y me curas, te rostro, me caras, te manos, me piernas, nos cuerpo, me muertes, te velo, me llanto, nos mato, me mueres.
muero, mujeres, muge, eres, soy, mujo, muerdo, muero, yazgo, poso, levito, te evito, y por último, empezando, me levanto y te encuentro, me busco y me caigo,
canta cuentos constipados,
cada cuerpo encajonado.
21.11.10
9.11.10
Ciclón [Cadáver exquisito No. 1]

5.11.10
La preguntadera.
¿Cuántos dedos tiene una mano neardental?
¿A qué religión pertenecían Oblongo y Yogurthu Ngue?
¿Se puede decir que la velocidad de rotación de la Tierra es relativa?
¿Dónde están los restos de Manuel Quintín Lame?
¿Ya es de día en las selvas de Petén?
Ah, y la más importante: ¿mi Dios existe?
24.10.10
17.10.10
Pilas, pilas
Læstur Er Lokaður Inn Í Búri
Dýr Nakinn Ber Á Mig
Og Bankar Upp Á Frelsari
Ótaminn Setur Í Ný Batterí
Og Hleður Á Ný (X4)
Við Tætum Tryllt Af Stað
Út Í Óvissuna
Þar Til Að Við Rústum Öllu Og Reisum Aftur
Aftur Á Ný (X3)
Aftur Á Bak Þar Sem Við Ríðum
Aftur Með Gaddavír
Í Kjaftinum Sem Rífur Upp Gamalt Gróið Sár
Er Orðinn Ryðguð Sál
Rafmagnið Búið
Mig Langar Að Skera
Og Rista Sjálfan Mig Á Hol
En Þori Það Ekki
Frekar Slekk Ég Á Mér
La conspiración de las almohadas
12.10.10
Mi pixelado amor - Papá Topo
8.10.10
Soleada/d
30.9.10
Cadalso.
27.9.10
13.9.10
10.9.10
Accesibilidad
23.8.10
20.8.10
Paja y duelo
Absorto en su conmutada masturbación, había hallado la clave para tener hasta tres orgasmos sin eyacular: pensar en cada una de ellas, las personas que lo habían obligado a matarlas. En vida, un cielo por cada muerto; cuando muera, será carne de ángeles caídos. Y ahí sí se vendrá.
Hacienda
Llano grande, vacas en el fondo del paisaje, casi exigua profundidad en las sombras. Sol de cinco pe-eme y el Hacendado prefiere cargar sombrilla que construirse una Hacienda. Aun así, su territorio produce el mejor algodón de la región y tiene el mérito mundial de calidad. La sombrilla es de poliéster, el Hacendado de barro, las manos que recogen el algodón son de metal. No ha llovido en años, por fortuna.
Jugo
Regó deliberadamente el jugo sobre el piso porque, consideraba, la mora necesitaba un par de días más hasta estar madura. Volvió al par de días y nada había crecido. Pensó que por ser mora demoraba más, así que esperó otro par de días.
Clientelismo accidental
En la avenida hubo un terrible accidente, bocado de prensa: Mujer de veinticinco años muere arrollada por la moto del sex-symbol Berroni a pleno sol de las dos. Cuando la policía llegó, hizo el croquis, la evaluación, tomó fotos, habló con Berroni y decidieron que lo más justo era multar a la Mujer por no cruzar por el puente peatonal. Como ese gasto no estaba planificado, los servicios exequiales sólo podían costear una fosa común. La familia accedió sólo si Berroni se comprometía a firmarle un autógrafo a la madre. Berroni accedió sólo si la prensa no publicaba la noticia del accidente. La prensa accedió sólo si la Policía reforzaba la seguridad de los periodistas opositores. La Policía accedió sólo si la muerta pagaba su multa. La Mujer no pudo negarse.
Barbapluma
Jaime tenía una barba tan poblada que creía allí poder alojar un nido sin mayores complicaciones ni para él ni para la paloma. Hallábase en la tercera semana de anidación el ave, cuando Jaime no pudo aguantar más: le ganó la envidia y se decidió a anidar los huevos él mismo. Nacieron al cabo de un mes tres polluelos. Ninguno aprendió a volar nunca porque sus alas barbadas pesaban más que su madre muerta.
Paradoja del pañuelo
Guardaba ese pañuelo con tanta delicadeza dentro del cajón más angosto, sólo para que sus estornudos allí absorbidos no volvieran a molestarlo. Mala movida, hubo tanta suciedad luego alrededor del cajón que la casa se llenó de insectos y la magna cantidad de enfermedades arrastradas por ellos lo condujeron de nuevo a la gripa.
25.7.10
Mi veinte de julio y las tres Independencias
Ayer veinte de julio, Colombia celebraba el bicentenario de su Grito de Independencia. En cambio yo pensé en la Independencia como en un plan. No me contento con un Grito de hace doscientos años, ni con una Batalla de hace cientonoventayuno, ni mucho menos la Guerra de hace cientodoce, ni revueltas de hace sesentaydós. No es porque menosprecie su valor sino porque en la Historia se consideran batallas de antaño, ya ganadas. Prefiero acompañar resistencias existentes desde hace quinientosdieciocho años, las rebeliones de hace cuatrocientosdiez y las protestas armadas de hace trescientosveintinueve y transformarlos en la actualidad en movimientos activos, en prioridad nacional, en deber de mi generación y en meta de mi vida.
Son estas unas verdaderas motivaciones de Independencia, las que también son mías porque son nuestras, por las que todavía se lucha y por las que trabajamos con entrega y sin excusas.
Hubo quienes pasaron el día del Bicentenario marchando en señal de protesta desde los llanos del oriente, las montañas del suroeste, los ríos de arriba y las selvas de abajo, todos para congregarse en una Gran Asamblea Indígena, Campesina y Afro en Bogotá, la capital. La llamada Marcha Patriótica y Cabildo Abierto (MPCA) fue una marcha verdaderamente sentida, resistente, motivante y por sobre todo, hermosa. En cambio hubo otros que celebraron el Bicentenario viendo a los otros marchar (no la MPCA de protesta sino una de exhibición coreografiada, fusiles al hombro y bandas de guerra, cantando Oh, gloria inmarcesible mientras escuchan ar y se ponen a discreción al frente de la falsamente cómplice estatua de Bolívar, quien los acompañaba por la llana razón de que no puede moverse mas no porque representara a todos aquellos marchantes uniformados.)
Y aunque no pude acompañar presencialmente mucho tiempo la Marcha Patriótica por estar haciendo un trabajo para una Fundación en la que soy voluntario, estuve de corazón todos estos días y escuchando atentamente a los líderes hablar durante una de las paradas.
La tarde de este veinte de julio bicentenario, cuando cansado llego a mi casa a eso de las cuatro y media y me disponía a editar un video, me encuentro en la entrada de mi casa un ejército de bolsas negras llenas de revistas, libros, juegos de mesa, cuadernos viejos, anuarios, trofeos, artesanías, lámparas, papeles, tarjetas recortadas, fotos rasgadas, óleos en tubos, un casco de karts, diskettes de 3’’1/2, latas, botellas, cables que nadie usa…
Cuando pasé por el cuarto de Felipe, mi hermano mayor, estaba tal cual me lo imaginé: había rincones vacíos (vaciados), el cuarto más abarrotado de la casa por fin volvía a tener paredes que podrán ver la luz otra vez. Ese ejército de bolsas negras no marchaba con coreografías militares ni en resistencia, pero aun así se irían a otras patrias, viajaría a llenar otros cuartos, paredes y casas con sus contenidos. Ignorancia la de esos lugares (y sus habitantes) del pasado prócer de sus nuevos inquilinos, Las Cosas de mi Hermano: el pasado de su adolescencia y previa niñez, de sus anotaciones y proyectos, aficiones, ires, gozos, venires, lamentaciones y propósitos. Allá va buena parte de su historia en ese ejército de plástico negro…
Y también ignoran esos lugares (y sus habitantes) que sus nuevos inquilinos, Las Cosas de mi Hermano, son el patrimonio vivo de otro Grito de Independencia: Felipe se irá en un mes a estudiar un año en Bélgica. Dudo que luego de ese año vuelva a vivir a esta casa, ya superó el cuarto de siglo y es muy probable que estando allá haga una familia con su novia Andrea (que claro, más que una posibilidad son ganas mías de ser tío). No puedo refutarme al recordar cuán nostálgico me puse al encarar ese ejército de bolsas negras por primera vez. No puedo refutarme al recordar que el Grito de Independencia de mi hermano es un grito lejos de la barbarie y la codicia de las que ha tenido el país, es un Grito agradecido con el feudo (mi hogar) y sus reyes (el señor Reina y la reina Ortiz, mis papás), es un grito que toda persona vivirá algún día cuando ya comprenda que creció y que puede desligarse porque el mundo ya no le queda grande.
Toda persona, incluyéndome. Creo que eso fue lo que más me afectó ayer en la tarde, la inevitable verdad de que si él lo hará pronto, pronto lo haré yo. Y mi temor no es perder mi dependencia sino desmerecer mi emancipación. ¿Por qué razón me iré cuando me tenga que ir? ¿Trabajo en otra ciudad, estudios en otra ciudad, matrimonio (jajaja), hijos (JAJAJA), apresamiento, viaje indefinido, presión externa, delirio de sanguijuela?
Cuando se dé mi Grito no será fuerte, en mi casa nunca me enseñaron a gritar. Mis viejos me agradecerán el que me independice como caracol y saque mi hogar de este hogar para llevármelo a uno nuevo, el que les deje aspirado el nido de mi adolescencia y previa niñez, y el que les siga pensando y queriendo incluso en otros lugares (y con otros habitantes), a ellos, mi verdadera Madre Patria. Cuando se dé mi Grito, será a mí mismo a quien primero deje sordo.
Análisis del grito ahogado
La cabeza gira confiada y a la vuelta de la nuca viene raudo un balón de fútbol que, antes de golpear en la cara, logra identificar el sonido único de una corta y contundente inhalación, tan corta y tan contundente que paraliza a toda la cara, a toda la cabeza, al cuerpo, a los reflejos, a la conciencia. Esta corta y contundente inhalación, antes de recibir el golpe (y sabiendo que es un hecho), es la causa alcahueta del golpe mismo. ¿O al revés, el ver un golpe inevitable hace que se paralice el cuerpo en una bocanada de aire impulsiva?
Así o asá, esta bocanada inconsciente aparece en muchos casos: una corazonada (buena o mala), un dato recién descubierto, una idea recién creada, un olfato a peligro cerca, una vergüenza de quien ha exhibido sus secretos, una esperanza que por fin se cumple, un último contacto con el cielo y antes de estar con la cabeza dentro del agua.
Peligro, angustia, creación, ilusión o presentimiento: se toma una corta y contundente inhalación como protesta a los malestares, a los éxitos y las vueltas de tuerca con las que nos cruzamos con más frecuencia de la que nos damos cuenta. Es por eso que siempre está el factor sorpresa rigiendo cada una de esas bocanadas de aire, la constante pregunta (y al mismo tiempo respuesta) del cuerpo a la frase “¿Esto está pasando en realidad?”. La inverosimilitud del suceso va acompañada de una necesidad corporal de aprehender algo real y verdadero, algo que pruebe que no se está en un sueño o en un libro. Antes que el trillado pellizco en el brazo con que se suele responder a esa pregunta que el cuerpo se hace, está el combustible del cuerpo: aire, que aunque invisible, está; aunque volátil, es; aunque viajero, permanece.
Si se puede respirar, dos garantías aparecen ante nosotros: la primera es que efectivamente la realidad nos está siendo expuesta y no nos da albedrío sobre su curso actual; y la segunda es que admitimos que nos agarramos de la vida porque extrañaríamos su aire, que nuestro cuerpo domina nuestra mente con cortas y contundentes inhalaciones que paralizan toda fisiología y razonamiento, que el hilo del que pende nuestro muy posible último respiro está al borde de la muerte misma, a la cual le tememos ciegamente porque llega sin preguntar y sin respetar motivos (bien llega con las tragedias o matándonos de emoción).
Admitámoslo, nos atamos involuntariamente a la vida porque si la muerte llega y nos encuentra desarmados, no queremos irnos con los pulmones vacíos ni dejar las ilusiones en el aire de los vivos.
16.7.10
Vértigo.
9.7.10
La vida en Un día en la Tierra: dos proyectos que podrían ser uno.
Hola Iván,Gracias por tu amable carta. Me encantaría hallar una manera de trabajar con "Life In A Day". Desafortunadamente, parece que sus motivaciones pueden ser muy distintas al haber trabajado intencionalmente en secreto hasta hace un par de semanas y, a través de comunicados, nos dejaron claro que esto [unirse] no sería posible (así no es como se crea un movimiento). Mientras que mucho marketing de "Life In A Day" emula aquel de "One Day On Earth", creemos que el resultado de nuestros proyectos será muy distinto. Le deseamos lo mejor a "Life In A Day", que sus participantes tengan excelentes experiencias y que la película final sea un éxito. Desde ahí podemos aumentar las posibilidades de crear una película global como un proyecto donde la gente pueda hacer y ver más con sus contribuciones. Con tu ayuda iremos más al fondo, aprenderemos más y seguiremos creando entendimiento en nuestro siempre cambiante mundo.Cordialmente,XXXXXXXXOne Day On Earth

3.7.10
Hombre con hambre, cigarro
El Hombre salía sin horario rutinario del túnel redondo, redondo, sin fondo aparente desde afuera y a plenas diez de la mañana. Bostezaba sin ganas (como si para eso se requirieran) y sin nada pendiendo de su cuello subía las laderas asfaltadas del caño y pisaba sin ganas (como si para eso se necesitaran) la vía negra de tres carriles.
Boyacá. La vía recibía un nombre igualito al de un departamento cercano. El Hombre pasaba con frecuencia un dorso por su mejilla, en parte rascándose una picazón de varios días, en parte quitando las huellas de polvo en su cara. La fuerza de sus dorsos se evidenciaba en una casi televisiva manera de limpiarse a sí mismo, de arriba hacia abajo, haciendo desaparecer como por magia de detergente toda esa armadu ra mugrosa, ese maquillaje hosco de hollín, de olla.
Rápido rodaban los carros por tres carrileras sin rieles donde se zigzagueaban a su antojo entre sí, rozando los conos naranjas de los podadores de pasto que trabajaban cerca, las vallas de desvío avisando las obras viales, los calibradores de ruta de bus que se paraban como fantasmas en mitad del camino... El Hombre había pisado el mundo del pito y el semáforo.
Caminando entre los carros, aletargado, el Hombre miraba cuidadosamente ventana por ventana. Parecía como buscando mirada alguna, parpadeo contemplativo, traslúcidos ojos que subyugaran vidrio delgado y grueso: buscaba reconocimiento. Ante la verdad ineluctable del hambre, su pedido debía superar la simple mirada fija a través de los cristales y pasar a la palabra. Ignorancia de los de adentro, cuyos vehículos eran carros o camionetas, de que el vehículo del mendigo era la necesidad.
El Hombre llevaba puesto un pequeño gorro verde, ahora negro por culpa de la ciudad. Bailaba los bambucos de su región en las cantinas que quedaban sobre la carretera de su vereda, junto a sus compadres labradores y su mujer amante (mujer y amante, la misma persona). No se excedía en licor ninguna de las noches que allí pasaba, no era un hombre de vicios ni de caprichos. No era un hombre de despilfarros en ocio o en hedonismos. No era un hombre de violencia ni de imprudencia. No era un hombre de sacrilegios ni de pecados. Era un tiempo verde, ahora negro por culpa de la desmemoria.
Una mano sobresalía de un carro en una esquina, bienintencionada en dejar caer tres monedas. La mano del Hombre llegó a tiempo para agarrarlas, antes de que el tráfico avanzara de nuevo. Eran las once y el trancón tenía cara de no querer descansar. Al Hombre no le agradaba del todo la idea de tener que moverse todos sus días por la calle. Esa masa de pavimento y pintura era una insaciable boca hambrienta, con dientes en las esquinas y múltiples gargantas, antropófaga y sociópata. Esta hostilidad era para el Hombre su mayor angustia, sobrepasada sólo por las imágenes que le venían en la noche, en el día, en la media tarde y a cualquier hora que visitara el redondo redondo túnel sin fondo. Ignorancia suya la de no entender ese túnel oscuro como una garganta menos benévola que la calle misma, que si de por sí el infierno de pitos, semáforo y cemento era un ahogo impuesto, el infierno de pipas, perica y pegante era un ahogo consciente. Su vida era una muerte cada noche y, lo que es peor, una nueva vida al inicio del día siguiente, un eterno pendular de infierno oscuro a infierno iluminado, un vivir caducando lo poco de lo que se podía agarrar: su discernimiento.
En el redondo, el Hombre solía adentrarse casi quinientos metros hasta el mayor asentamiento que conocía bajo la Avenida Boyacá. Aunque era su refugio contra el frío de las noches (mas no su lugar de descanso), prefería cargar todo el tiempo consigo sus pertenencias: poca ropa y una dosis renovable. Antes tenía una cobija que dejaba en su guarida durante el día mientras buscaba huir de la pesadilla del hambre afuera del redondo, pero un robo ocasionó que su filantropía se desvaneciera como el humo que inunda la olla, un humo huésped casi anfitrión. Con la confianza en los otros perdida, sólo podía permitirse confiar en sus recuerdos de labrador, de sus compadres, de sus bambucos y de su mujer amante, imágenes ahora carbonizadas en el fuego del desarraigo, la impunidad enterrada, el vicio depredador, la necesidad de sobrevivir en medio del abrazo de la oscuridad del túnel.
Otra mano aparecía sin avisar por una ventana de un carro pequeño, otras dos monedas más para los bolsillos. Dieron las cuatro y el Hombre sólo había logrado reunir lo suficiente para satisfacer a su estómago ácido; no le quedaría para la dosis de esa noche. Compró dos bolsas de pan y se sentó en la ladera del caño a observar cómo iba avanzando el sol hacia su propia muerte mientras comía. Masticando solo, se detuvo a observar las manos que sostenían el pan. Detalló la mugre en las hendiduras, las manchas en las arrugas, las líneas cansadas de sus dedos callosos, testigos del arado y el machete en un tiempo ahora negro. Esas huellas en sus manos le hicieron caer en la cuenta del tiempo que había pasado desde que ascendió del infierno oscuro, hacía ya unas horas. Dejó el pan a un lado mientras contemplaba aún sus manos y al alzar un poco los ojos encontró en el suelo del caño un charco de agua. Avanzó con algo de torpeza hacia él y al alcanzarlo empezó a lavar sus manos lentamente, intentando liberar a sus arrugas de la cárcel del tiempo, de la hoguera de sus días, del peso desmesurado del hambre que su cuerpo gemía por acallar. Estas líneas cansadas, estos surcos de carne añeja, estos desagües de agua seca: todos se aferraban rebeldemente a la suciedad. Era una batalla del cuerpo contra el amo, del esclavo contra el Hombre. El cuerpo se vengaba por fin del atropello del desahucio, sufrido desde que el amo tuvo que huir de la vereda tras un fuego cruzado del que era ajeno. Aunque la huída del labrador no fue a voluntad sino una sinsalida, ignorancia del cuerpo la de no discernir por qué ahora no se come, por qué ahora toca recurrir a supletorios. El hambre era ahora saciada a punta de polvos, pipas, pegante y pepas, era una decisión de engañar al estómago y de engañar a la vida y de engañar a la verdad. Era una protesta contra la supervivencia, era un hedonismo y a la vez una camisa de fuerza, era un ansia irremplazable que tomaba como excusa el no tener comida para alimentar al cuerpo. El por qué se decidía residir en un ahogo consciente y no en un ahogo impuesto, era que el consciente se tornaba inconsciente gracias a los efectos de los supletorios. No sentir que se sufre era lo mejor de sus noches, el descubrir que seguía vivo era lo peor de sus días. Sus arrugas se mantuvieron sucias. Su deseo de limpiarse cesó cuando dieron las cinco.
Se acercaba la noche y le angustiaba la idea de tener que sufrir esa noche totalmente lúcido. No ansiaba otra cosa que olvidarse de que estaba vivo, de no tener que rendirle cuentas a su intestino furibundo, de no tener que cargar el peso de ser un hombre con hambre que deambulaba sin rumbo y sin fin en medio de una garganta asfaltada que lo digería cada vez más y más y lo convertía en mierda seca y agria a cada paso que daba. El cielo sobre su cabeza, ya morado, ya naranja, ya de noche y sin vida, le recordó que era un hombre, que estaba en el mundo, que seguía vivo y que era consciente de estarlo. Y él no podía hacer nada ante eso. Nada que no supusiera el término de sus pasos, de sus aspiradas de popper, de las arrugas de sus manos sucias, de sus noches inconscientes. Nada que no consistiera en convertirse en su verdugo. Y ya no era el infierno de la calle lo que más le angustiaba, sino el deseo de querer mezclarse con él por necesidad.
Necedad. Encontró una moneda de doscientos pesos tirada en un lado del caño. Consideró un último placer, lejano a los de rutina. En un puesto ambulante en una esquina compró el único cigarrillo de tabaco que podía costearse con eso y pidió candela y se alejó hacia el caño, el purgatorio entre dos infiernos, el único ambiente neutral que conocía cerca. Chupada tras chupada, miraba el cigarro entre sus manos llenas de historias. Lo miraba y le agradecía por dejarlo en paz con sus intestinos furibundos. Lo miraba y le agradecía por hacerlo recordar cómo fumaba su mujer amante cuando cocinaba en el tiempo que era verde. Lo miraba y se agradecía por haber tomado una decisión sin pegante en la cabeza. Lo miraba y miraba su consunción. Su ceniza roja irse con un viento ingenuo. Su tamaño reducirse con orgullo.
Lanzó lejos el filtro aún encendido, ya le había servido un tiempo prudencial. El Hombre no volvió a levantar los ojos al cielo represivo, era ahora más amigable el asfalto que tanto odió los últimos años. Ascendió unos metros hacia el infierno de la calle. Sobre esa garganta negra rápido rodaba un carro, aproximándose. Saltó la baranda cerrando los ojos, bajó a la calle decidido y sin ver y se detuvo en el carril del medio a punto de saciar un hambre que no era la suya y aspirando la ciudad en llamas.
Abrió los ojos y se encontró en otro redondo, lejos de toda oscuridad.
Reflexiones sobre escribir
Recopilo acá unas cuantas frases que me recuerdan a dedos enardecidos y a mentes que buscan descifrarse a sí mismas.
Las letras son el camino, las palabras son la verdad, los escritos ya lo están.
Marguerite Duras
La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.
Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado.
(...)
Escribir es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado.
(...)
Si se supiera lo que se va a escribir antes de hacerlo, nunca se escribiría. No valdría la pena.
La escritura: la escritura llega como el viento, esta desnuda, es la tinta, es lo escrito y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.
Escribir, 1993
Ray Bradbury
(...)
¿Qué piensa usted del mundo? Usted, prisma, mide la luz del mundo; ardiente, la luz le pasa por la mente para arrojar en papel blanco una lectura espectroscópica diferente de todas las demás.
Que el mundo arda a través de usted. Proyecte en el papel la luz rojo vivo del prisma. Haga su propia lectura espectroscópica.
Zen en el arte de escribir, 1973
Antonin Artaud
2. Los libros, los textos, las revistas son tumbas, Mr. René Guilly, tumbas que profanar al fin.
Así no viviremos eternamente rodeados de muertos
y de la muerte.
Si en alguna parte hay prejuicios,
hay que destruirlos,
el deber,
digo bien
EL DEBER
del escritor, del poeta
no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto, un libro, una revista de donde nunca más saldrá
sino por el contrario salir
fuera
para sacudir,
para atacar
al espíritu público,
de lo contrario
¿para qué sirve?
¿Y por qué ha nacido?