[el blog de como cuando uno suele por tendencia tratar de evitar caerse cuando como por error se tropieza con un borde de esos pequeños y escondidos y uno intenta sortear entonces la caída que le sigue y cuando sabe que no puede esquivar el golpe del piso le toca como girar para caer sobre el brazo protegiendo el pecho o con los brazos primero como queriendo ser fuertes pero el dolor igual se siente y ya cuando uno deja de pensar en cómo recibir el totazo es que se está o sobando o queriendo levantar]

17.1.13

pequeña noche en llamas. [notas de campo]


en medio de mi investigación preliminar para la película documental "diligencia de la ruina - los habitantes de La Casa del Diablo", en Bucaramanga [Colombia], tomo apuntes para guardar la información en campo... termino redactándolos y dándome cuenta de que ahora se me da mejor relatar los hechos reales que ficcionalizar eventos. [ya volverán las épocas de los cuentos y lo irreal].

esto se escribió el mismo día que relata, a las 10:30 de la noche. todos los nombres y apodos están cambiados por discreción, exceptuando "El Diablo", que es meollo.




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NOTAS DE CAMPO
Día 17-2
Miércoles 16 de enero de 2013
Noche


Llegué tipo 7:30, El Diablo dijo que me esperaría por la “che-no”. Sin embargo, al llegar sólo estaban Don Javier* [El Barba] y la perra Wendy en el tercer piso. Saludé y El Barba me dijo que El Diablo no estaba, que el Soye* tampoco, que si quería esperarlos yo “ya conocía el terreno”. Me preguntó si quería subir, y acepté. Me dijo de entrada que lo disculpara, que estaba consumiendo, que para él no era problema la compañía pero que igual le daba pena fumar frente a otra persona, más si no la conoce casi. Le dije que por mí no habría problema, que antes me disculpara a mí, y así todo muy cordial. Subí, por la escalera caída y muy poca luz, atléticamente.
            Arriba me adapté a la oscuridad, aunque El Barba tenía una vela a medio consumirse. Estaba armando su dosis de “calillo”, un cigarrillo que tiene tabaco, marihuana y bicha [bazuco]; él le dice “mi tabaquito”. Charlamos tranquilamente un buen rato, me dijo que antes de mi llegada había estado pensando en toda su vida, en sus experiencias, reflexionando entre risas pequeñas. Me dijo que su hijo se llamaba como él, aquel que no ve hace quince años y que vive en Arauca; que no le gusta que lo vean consumir porque una vez tuvo un patrón “por el norte [de Bucaramanga]” y él se le escapaba para ir a “la [Calle] 4ª” a comprar drogas. El patrón lo descubrió y le ofreció seguir en el trabajo, consumiendo en el segundo piso del local, para que no tuviera que escaparse más. Él aceptó por un tiempo, pero terminó quedándose permanentemente en la 4ª, fiel a su pensamiento de que no le gusta que le ayuden, que se metan con él; dice que él puede salir adelante solo, controlarse, meditar sobre sí mismo y a su acomodo [entre otras cosas, me contó el otro día que se le escondía a la familia que lo buscaba, que no quería que lo ayudaran porque él sabía qué hacer]. Me dijo también que para Semana Santa, en mi próxima visita, él tal vez no estaría, porque le interesaba internarse para rehabilitación, pronto y por su cuenta.
            Me contó también de sus perros anteriores, en especial uno llamado “Tyson”, quien según él lo salvó de que lo cogiera una vez la Policía. Me contó que como él quedó en libertad condicional la segunda vez que estuvo preso [por posesión de drogas], la Policía en la 4ª lo podría encarcelar de nuevo si lo veía en malos pasos. Una vez recibió a un policía en donde se estaba quedando y gracias al perro logró escapar; aunque me lo contó con detalles, entendí poco su procedimiento, sólo que al final logró salir caminando por la puerta principal. Tyson luego quedaría abandonado al él no poder cargarlo en una de sus huídas forzadas porque se había metido en líos en algún lugar.
            Me dijo que le gustaba contar sus historias, repitiendo constantemente la frase determinante: “Esa es la verdad”, y sólo una vez, “Esa es la realidad que nos tocó”. Le dije que me encantaba oírlo. También me contó que a él le gustaba conservar su dosis para él mismo, que no era bueno compartir porque la gente se podía acostumbrar y eso luego daba para problemas, que “cada cual se controla a sí mismo” y que a él no le gustaba la figura de sabio o de padrino [palabras no textuales].
            Al rato llegó Andrés*, el que vive en la primera casa. Llegó también a consumir, traía su pipa, su bicha y cigarrillos comunes; también un velón que encendió, lo que ayudó para cuando la vela del Barba murió. Hablé con él también, me preguntó por la película, le dije que en un año. Pregunté por su edad y pasado, me dijo que había cumplido los 28 en su casa en el norte, con su familia. No la vería más luego porque le “quedó gustando” el mundo de la droga; llegó a La Casa del Diablo hace cerca de un mes, “yo soy nuevo”, dijo. “El Soye me dejó quedar acá, me dijo que limpiara mi cuarto, porque eso era un cagadero”.
Mientras el Barba se acababa su calillo, Andrés prendía un cigarrillo común, recolectando la ceniza sobre un papelito blanco. Le abrió huecos al aluminio que estaba en la boca de la pipa, recubriendo su interior. Echó la ceniza de cigarrillo adentro y empezó a asentarla hacia el fondo, con cierto cuidado. En otro papelito blanco estaba el polvo blanco, el bazuco. Puso un poco en la cima de la ceniza y vertió el fuego, aspirando. Un par de soplos más, humo blanco. “Mi traba es de achante [“avergonzamiento,  timidez espontánea”], yo en nada [“en poco”] me voy porque me empiezo a sentir mal”. Al rato de iniciarlo, se empezó a notar la traba, decía que estaba apenado, que hasta ahí dejaría. Repetía cada rato la frase “Pues sí señores…”, con cierta desidia en el aire.
Eso que él fuma se llama “carro” o simplemente “pipa”; a consumirla, se refieren con “prender el carro” o “el automóvil”, “echarse un carrazo”, “echarse un pipazo”; al que lo consume, “bazuquero”, “carramán”.
Le pedí al Barba un cigarrillo común, fumándolo me diría que tenía “bareta” [marihuana]. Me ofreció un porro y le dije que se lo aceptaba pero que no sabía armarlo, entonces él lo hizo por mí. Me lo dio y me dijo que él no solía compartir, pero que a veces lo hacía cuando la gente “se lo ganaba”. Riéndome le pregunté si yo me lo había ganado, y me dijo “la sola compañía fue suficiente”.[1]
Cuando se iba acabando la vela del Barba, recordaría el bombillo pequeño que ayer encontró en el reciclaje y decidió encenderlo, ayudado por la batería para moto que también llegó ayer. En realidad no duró mucho, la batería tenía poca carga.
El Soye llegaría luego con una bolsa enorme de reciclaje, trajo más velas y prendió su propio carro. Me saludó muy amable, se sentó y se descamisó [él siempre anda sin camisa dentro de La Casa]. Diría luego “no me supo a nada… me robaron…”. En un punto vi que se habló con Gustavo atravesando una pretil tapado por una persiana. Me asomé para ver si era un balcón y me di cuenta de que no, que es caída al vacío pero el piso tiene un pequeño volado sobre el cual El Soye se para a hablar con los de la ventana contigua. Apenas me vio, me dijo que me devolviera, así que pensé que la había cagado, que había irrespetado algo. Me senté y esperé; escuché la voz de Gustavo y dijo luego, tan alto para que yo escuchara: “yo quiero hablar con Iván, aunque se esté escondiendo de mí”. Me reí y le dije igual de alto que estaba dispuesto a escucharlo, así que me pidió que lo esperara. Cuando llegó al rato, me preguntó que qué más, me vio a la cara y pronto me preguntó: “¿Por qué tiene los ojos tan rojos?” Le conté del porro que me había fumado e hizo una cara de desaliento. Preguntó a nadie en especial “¿Ya están endiablando a Iván?”, y los otros se rieron; El Barba le dijo, “No, yo ya lo he visto fumar” y yo asentí. Gustavo se quedó unos segundos más pero dijo “Se me quedó algo” y salió por la ventana-pasadizo. Nunca volvió.[2]
En mi traba, cualquier ruido en los primeros pisos o fuera de la casa me causaba un pánico sosegado. Llegué hasta a imaginar a la limpieza social llegando a La Casa, a fantasmas, incluso, a “cazavampiros” (¿?). Salí varias veces al balcón donde se suele “relajar” El Soye, sólo para ver con mis ojos la entrada al lugar y asegurarme de que nadie extraño merodeara por ahí. Llegué a imaginarme muchas cosas relacionadas con el documental, como planos, momentos específicos, metáforas, alegorías… hasta llegué a pensar que me criticarían por drogarme con ellos, y que yo decía en una rueda de prensa: “Pues yo pienso que si se puede tener buen sexo estando borracho, se puede hacer buen cine estando drogado… creo que por eso no me fue tan mal”, y me reí mucho para mí mismo. [En realidad bluffeo, no sé qué tan bueno sea el sexo estando borracho].
En un momento, observé cómo El Soye miraba a su alrededor como buscando la fuente de un sonido que se le hizo extraño, o una presencia. Buscó en varias direcciones mientras el gesto era de expectativa, extrañeza y molestia, también de alerta y disposición de ataque. No vio nada en especial, y siguió fumando.
Andrés preguntó: “¿Nos va a filmar paniqueados [“con pánico”]?”, y no recuerdo qué respondí, pero sí sería lo ideal. En un punto, El Soye se refirió a Wendy como “mi amor”. El Barba me mostró sus pliegos de papel seda, el papel ideal para armar sus porros; me contó que como es tan aficionado a los negocios, en la 4ª vendía de 100 a 150 pliegos semanales. [Me asombré, pensé “¡es mucha droga!”]. Llegaría de nuevo, el “Pues sí señores”, seguido de “Esa es la verdad”. Por momentos parecía una arenga, luego una obra de teatro, luego una letanía. Yo pensaba y analizaba mucho. Diría con mi boca el “Pues sí señores” y Andrés me preguntó “Ah, ¿usted me está analizando y toda la vuelta?”, y nos reímos. Con Andrés debatimos en un momento sobre la droga, pues me preguntó si consumía pipa. Le dije que no, que no la probaba aún porque me daba miedo que me quedara gustando. Me entendió, supo de lo que hablaba. Le dije “drogarse no está mal… es un acto de libertad. Lo más paila es que a uno lo agarre”, y esta vez el Barba hizo un sonido de aprobación, ya prendiendo el sexto o séptimo “tabaquito”.
Vi que eran casi las 10 y me despedí. Al Barba, que estaba frente a Andrés [a quien no conozco mucho ni me fío aún] le dije un adiós como si no volviera en mucho tiempo, y al Soye sí le dije, porque estaba en otro cuarto en ese momento, que mañana pasaría temprano a tomarles unos retratos. Accedió y me fui. El mayor suplicio: bajar la escalera caída, con muy poca luz, un abismo bajo los pies, el ruido ensordecedor del bosque. Se pudo y en el camino a casa de mi abuela, pensé en que la noche en La Casa del Diablo es una metáfora de mi visión del infierno: “El infierno es que tengas que repetir un mismo dolor”; ahora mismo pienso: “el infierno también repite placeres… de los más oscuros.”


a tener en cuenta para la noche:
·         muy baja luz, 1 o 2 velas.
·         ruido de bosque aumenta considerablemente.
·       se podría grabar entrevistas espontáneas, conversaciones. la elocuencia es algo usual durante el consumo, les gusta hablar de su vida, no tienen problema en abrirse y ser escuchados.




[1] Alegría extrema del investigador; indescriptible.
[2] No sé si aquí habría una fisura. ¿Se habrá decepcionado de mí, habré hecho algo que a él le parece que está mal? Tal vez, ¿no quiere que yo caiga en la droga como él lo hizo? Lo digo más por su gesto cuando le conté, que por no haber vuelto.

1 comentario:

  1. Bello relato lleno de imágenes, a las que no puedo ser -ahora- neutral.

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