Varios días después. La experiencia de soledad me hizo bien, Ma miraba con la boca abierta cuando le alcancé el rollo de arpilleras.-Es inútil -le dije-. No quiero abusar de tu hospitalidad, no te quiero, no quiero acostarme contigo. Me gusta cómo recitas en francés, te quiero como a una hermana, me da asco, no de ti, sino de mí, incesto o algo similar, no funciona.Era de tarde, quedó llorando, le pasé la mano por el pelo y me fui a la rueda, en la fuente. Me senté en la piedra y me dijeron que estaba muy flaco, si era amor o hambre.
[el blog de como cuando uno suele por tendencia tratar de evitar caerse cuando como por error se tropieza con un borde de esos pequeños y escondidos y uno intenta sortear entonces la caída que le sigue y cuando sabe que no puede esquivar el golpe del piso le toca como girar para caer sobre el brazo protegiendo el pecho o con los brazos primero como queriendo ser fuertes pero el dolor igual se siente y ya cuando uno deja de pensar en cómo recibir el totazo es que se está o sobando o queriendo levantar]
27.9.12
"gelatina" [fragmento], mario levrero.
23.12.11
Umbral [cuento]
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Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias. Si al final de la tarde te preguntas por mí, sólo cruza la calle y entra pasando la verja, el arco, el ángel, la estatua. Transita las losas rotas al inicio del sendero como olvidándote de lo que pisas, que al fin y al cabo es un terreno de desechos, y pasa junto a dos o tres mausoleos antes de recordar que allí también se han marchito flores esperando el agua sobre las paredes. Silba algo que rompa ese silencio que no está afuera sino en ti, y date cuenta de que a tu alrededor el silencio no es oscuro ni nadie llora por él, mientras cada árbol plantado remplaza cada humano perdido. Si tus pasos ceden ante la mirada de alguna cruz bajo un busto, puede que sientas la culpa que nadie te impugna, podrá arder en tu garganta un hoyo con forma de grito, y ahogarás, tal vez, un sinnúmero de angustias. Pero no te detengas, anda, sigue pisando la sequía de esas losas, que se hace noche y nadie nunca recuerda cómo salir de un laberinto a oscuras.
En el centro del albañal, donde se juntan los senderos, unas cercas rodean lo que fue un tronco viejo y anaranjado, con aserrín aún inerte sobre su base y los anillos de su edad recibiendo el agua que empieza a caer para también morir un poco. No llevas más que tu chaqueta para excusarte del frío que te circunda, para excusarte de las cercas que rodean tu tronco también ajado. Sientes los ríos que bajan por tu pelo y evitas mirar hacia arriba para que no vean en tus ojos una razón para arreciar.
Como si mirar al suelo te mostrara el destino, miras por fin a ambos lados y detallas la caravana que sigues desde que entraste. Gimiéndole al frío, caminan contigo otros trajes oscuros en esta ciudad de edificios de piedra. Si la caravana avanza sin esperarte y pierdes las hojas tiesas que te guían detrás de ella, ausculta al viento buscando la voz que mi pecho sella. Fracasa con cada intento mientras algo gris rompe fuente y mira el charco de egoísmo en las caras de los dolientes, su palidez mientras lo inminente los obliga a preguntar, las palabras que aúllan a los oídos apagados y la negación que mañana los traicionará. De la mano de algún traje una niña te mira, y no puede evitar tropezar con alguna raíz que sobresale. Otra víctima de esos ojos que arrastras, otra duda que inicia y otro ingenio vencido. Ahora hay duelo en sus rodillas y otra losa rota puede oler la savia que tus ojos ansiaron. Culpable, te dice mi voz que ya alcanzas, culpable, como rapiña justa, culpable, como quien puede, a pesar de la lluvia, oler la sangre en la mitad de un basurero. Ahora, ahí, como nunca, culpable. Pedí permiso para llevarme tus puñales pero sólo traje los que ya tenía adentro. Nunca supe en qué otro lugar buscar su trampa o su miseria, la sed de otro cuerpo o el hambre de otro sueño. Al parecer nunca dejarás de abastecerte. Entendí al traspasar la verja, el arco, el ángel, la estatua, que el puñal eres tú y que en cada carne vejada sólo dejas una huella que se seguirá sintiendo hasta alguna era remota. Esas manos de púas, ese beso cortaárboles, ese abismo de sevicia que alguna vez exigí, calan ahora en otros ojos, en otra rodilla, detrás de la caravana que ya por fin se detiene.
Y aunque se libre de mi pecho y vague inmunda por la maleza, mi voz golpeará el lugar para orquestar el fin de la marcha. Bajo el paraguas ajeno que ya logras amedrentar, observas la jaula cavada que empieza a inundarse sin que a nadie le importe, y a ti, que no importas, mi canción te atraviesa desde el cielo. Dos rezos y varias cruces cierran el ritual ante mi sepulcro. Ya la procesión se confía expiada y lanza, por fin, la caneca al foso. Lava de sí el deseo de ser a quien desechen, la ansiedad de ser quien viaja, la envidia y resignación de ser quienes siguen moviendo sus piernas para morir de vez en cuando, una vez al día, una vez al año, antes de unirse a la basura que acaban de despedir. Es, en ese entonces, cuando entiendas que he vuelto, putrefacto y encerrado, he vuelto, entre paredes de barro y con tormenta del otro lado de la tapa, he vuelto. Para seguir muriendo un poco con cada estocada que nos demos, de lado a lado, por parte y parte.
30.4.11
Aves para un voraz [capítulo seis]
El Rojo golpeó un barrote de metal y presentó la visita. Sin esperar alguna autorización, dejó entrar a un muchacho rubio con una mirada penetrante y distinta a la que el viejo conocía. Sonreía con demasiada alegría y rebosaba de entusiasmo en sus gestos. Esa sonrisa también la conocía, muy bien al parecer.
— ¿Qué me escond--?
El viejo entrecortó las palabras en el abrazo envolvente que le dio el muchacho y simplemente respondió de la misma forma.
— Te traigo el Sol, Max, encapsulado—dijo Rej emocionado, mirándolo a los ojos.
El viejo puso ojos confusos y simplemente golpeó amistosamente el pecho del otro.
— Deja para otro día las figuras y dime qué es lo que no me cuentas, sabihondo.
Rej sonrió sin mostrar los dientes y se aseguró de que nadie fuera de la celda estuviera viendo. Sentó al viejo en la cama y se levantó su camiseta blanca. Los ojos de Max siguieron confusos pero estaban ahora más perturbados. Quitó la mirada.
— Dime que ese pájaro no es de verdad —dijo el viejo, obviando por un momento el hecho de que una jaula estuviera incrustada en el cuerpo de su amigo.
— No gorjea porque yo lo controlo. Y está vivo, te dije que se podía.
— Estás loco, Rej —dijo el viejo en un bufido y evitando a toda costa volver a mirar ese estómago–. Por favor… si no te encierran por los pájaros, te quemarán por enfermo. En serio, hasta yo estoy preocupado por…
Dejando la frase inacabada, el viejo se cubrió los ojos con los dedos antes de empezar a llorar. Rej se sentó a su lado cubriendo de nuevo su vientre y poniendo su brazo alrededor de los hombros del otro.
— Y qué más da estar loco si es para ser libre. ¿No quisieras estar loco como yo? Podría ser una ventaja para ti, un hombre encerrado por tanto tiempo como dices…
El viejo quitó sus manos para ver a la cara a Rej y preguntarle de nuevo:
— ¿Qué es lo que no me cuentas, Rej? Dímelo enseguida, bastante oprobio he visto en el mundo como para tener que lidiar con tus ideas sin contexto… Tú no estás bien, yo…
— Cállate —interrumpió Rej sin sonreír—. No estar bien es algo positivo. Si yo ‘estuviera bien’, tendría que estar alimentándome de posiciones vasija cada vez que sale el Sol. Lo único que haría para acomodarme socialmente sería trabajar en los cultivos, pero eso no me motiva más que lo que perdimos por ambiciosos. Me llené de una sola ambición todas estas semanas sólo para que al final no tuviera que tener ninguna otra, ni por voluntad ni por reacción. Ya me he dado cuenta de que la ambición sólo constituye el pilar de la guerra y la condena autoinfligida de vivir como ciegos si no fuera por las antorchas que nos dibujan el mundo cuando es de noche. Condenados a sólo poder ver sin artefactos durante una hora al día sí es algo que yo me cuestiono, no como la masa que lo toma como un milagro al cual le hace tributos. Es un castigo. Vivir así, eso sí que es estar loco, Max.
El viejo no lo miraba pero ya había calmado sus lágrimas.
— La ambición me condenó a mí a esto, Rej. Qué bueno que te des cuenta de sus alcances, pero…
— Crees que no sé tu verdadera historia, Max, pero Karla me la contó. Y cuando me dijiste que aborrecías tus descubrimientos, sé a qué te referías. Pero mira que el castigo vino después, tú no podrías haberlo sabido de antemano. Es fútil culparte; no eres del todo victimario como crees. Estar en la capacidad de vivir eternamente era un sueño muy provechoso en la era antes de los bombardeos; en tu era. De verdad valía la pena apostarle a la inmortalidad. Y si en el camino hacia ella terminaste provocando una guerra sin precedentes, Karla y yo sabemos que no era tu meta. Que fuera de ti había un conflicto político de intereses que desencadenó en una tiranía genocida. Eras un instrumento de las ciencias, de tu gobierno, de tus superiores. Estabas en la mitad de la jerarquía, debías seguir órdenes de La Cúpula…
— ¡No! No… yo pude haberme negado.
— Serías huesos hoy, te habrían desaparecido.
— Tú mismo lo dices, Rej, ¡me falta osadía, locura! Y me faltó esa vez… de qué me servía acceder si era un esclavo más moviendo el engranaje del fin del mundo. ¡Entiende eso, Rej! Casi todo lo tangible desaparece sólo porque no me negué a--
— Si te hubieras negado alguien más lo hubiera hecho, no te--
— ¡No, no, no! Yo pude haberlo parado, pude haber destruido las fórmulas, incendiado el laboratorio, yo poseía la única cantidad existente del explosivo que casi pulveriza la Tierra. Me la habían confiado y sabía cómo neutralizarla antes de que la usaran… ¡AAAH! De sólo recordarlo no sé ni cómo percibirme, me odio, Rej, es más que en serio, saber que esto no tiene fin, saber que--
—Max… —interrumpió sosegadoramente Rej— Tenías que acceder. Tenías que seguir vivo para contar esta historia luego, como ahora. Esta época ha derivado de todos los cambios organizacionales que se dieron luego de los bombardeos. Las religiones prácticamente se adjudicaron la razón y los partidos políticos sólo prometieron ciudades esterilizadas. La alienación fue inevitable, siempre lo fue, no podías haber--
— Rej, por favor —dijo el viejo sollozando de nuevo—, vete ya, esto es torturante.
— ¡No, Max! No te voy a dejar… El mundo necesita tu historia, por eso no te dejan ni siquiera ver el Sol… porque saben que si no puedes morir deben aislarte de cualquier modo.
— ¡Pero eso no tiene sentido! Me habrían enviado a una isla cercada, ni siquiera te dejarían entrar a ti…
— Max… ¿recuerdas a mi primo del gobierno? Pues no existe. Mi primo soy yo. Soy el que está allí metido aprovechándome de los privilegios corruptos. Nada que el clientelismo no pueda hacer. Trabajo detrás de la cortina, no soy personaje público. Pero parte de la planeación de Merton está a mi cargo, es como…
— ¿Y Karla? ¿Cómo la dejaban entrar a ella, entonces?
Sorprendido por la pregunta tan abrupta, Rej guardó silencio por un momento.
— Tenían un acuerdo que ella… luego incumplió.
Los ojos de Max se llenaron de un miedo que lo hizo levantarse y recorrer su celda. Los jadeos aparecieron en su garganta.
— La mataron, ¿cierto? —dijo el viejo entre sollozos.
Rej miró al suelo sin responder. Max rompió a llorar como nunca antes Rej lo había visto, y abrió la boca pero no dijo nada, cualquier frase sería palabrería. Escogió el silencio mientras Max ahogaba su tristeza junto al lavamanos. Una patada envió los libros de una pila al suelo y un puñetazo tumbó el trozo de espejo que aún pendía de la pared. La ira y la desolación se mezclaban para convertir el aire frío de la celda en un desierto nevado. Rej empezó a ordenar en su cabeza las siguientes oraciones, el tiempo no era eterno y la charla ya se le había salido de las manos.
— Max, no planeaba contártelo. Pero necesito que te levantes y me escuches…
— Vete, Rej, por favor. Es la primera vez en mucho tiempo que de verdad ansío estar completamente solo. He vivido solo toda esta condena, déjame seguir así y no vuelvas. Por favor…
Rej vio todo hundirse ante sus ojos. Con la boca abierta, sólo se le ocurrió acercarse de nuevo a su amigo al otro lado del salón.
— Max… Max, mírame. Mírame.
El viejo se hacía ovillo en el suelo de la celda y cubría su cara con sus brazos.
— Max, Max, amigo, sigue conmigo… ¡Max! —gritó Rej con verdadera imponencia. El viejo lo miró con unos ojos enrojecidos y opacos—. Karla no fue la primera ni la más reciente. Te lo digo porque te necesito. No se vale ‘estar bien’. No ahora estando todo como está. El mundo está ciego y sólo el fuego lo puede salvar. Un fuego con alas, un Sol que lo haga volar, despegar. Ser libre. Ningún gobierno tiene porqué esconder la Luz. Vivimos en la oscuridad la mayoría del día como para conformarnos con esta tiranía ideológica. ¿Me ayudarás a quitarle los velos sucios y a dejar que Qaidria vea esa Luz de una buena vez?
— ¿Cómo se supone que eso pasará? En definitiva estás loco. Eres joven y obstinado. Ambicioso. El mundo no nos necesita.
— ¡Abre los ojos, Max! ¡No te enceguezcas también! Escucha lo que te digo. Exponiéndole al mundo tu historia, las cosas podrán cambiar. No hablo de cortos plazos, pero se debe empezar con la primera piedra. Dicen que las historias no cambian al mundo pero el mundo mismo ha cambiado la Historia. Hay que revertirlo.
— ¿Y eso cómo va a pasar, si según lo que me dices soy un aislado? No saldré de aquí nunca, ¡no hay modo alguno!
Rej tejió una sonrisa triunfal en su cara una vez más. Se aseguró de nuevo de que no hubiera guardias en el pasillo y levantó ante Max su camiseta blanca. El ave dorada seguía allí, enmudecida tras los barrotes.
— Esto no es un animal, Max. Esto es el Sol que al mundo le hace falta y que lo alumbrará más de una hora al día.
— Todos somos animales, muchacho. Y ver a esa gota de vida ahí encerrada me recuerda a mí. Esto es absurdo, Rej…
— Qué imposible te haces, viejo. Te arrepientes por haber sumido al mundo en el infierno y ahora que puedes revertirlo rechazas la belleza de los absurdos.
Max no dijo nada y lo miró fijamente.
— Esto —dijo Rej mostrando al ave dorada— será primero tu libertad antes que cualquier cosa. Y cuando tú seas libre, el ave también lo será. Aunque la encerré sin su permiso, te juro que esto también le beneficia, Max. Allá afuera las matan por prejuicio y leyes.
— Utilitarista —dijo el viejo.
— Conformista —dijo Rej—. ¡Confía en mí! Sólo dame vía libre y te juro que saldrás de aquí hoy mismo.
— No te entiendo nada, Rej, ¡sé claro!
— ¡Está bien, está bien! —dijo el muchacho exasperado por la falta de concreción por ambas partes. Tomó un respiro y habló—. Si la tragas te dará alas, literalmente. Podrás volar y escabullirte. Me abrí el estómago para tener cómo sacarla luego y te la traje para que te escapes. Aj, yo sé que es mucha información inverosímil para asimilar en poco tiempo, Max, pero…
El muchacho miró al viejo a los ojos. No halló más palabras para justificarse. Su garganta se abarrotó de aire y nada más la llenó. La mirada del viejo no dejaba de aullar completa confusión.
—Max —dijo el muchacho, implorante—. Si la tragas… Y sí, estoy loco porque te quiero libre, Max. Esta es… Tú eres… mi mayor ambición.
Max lo miró consternado, tartamudeando.
— ¿Te-- te--…?
El viejo no aguantó un ataque de risa. Ya su cara mostraba menos el dolor que había sentido minutos antes. Rej no entendía su reacción.
—Y si la trago —dijo el viejo—, ¿me deja enloquecer también?
Rej sonrió. No aguantó la risa y lo ayudó a levantarse del suelo. Se miraron fijamente por unos instantes y no ocultaron las ganas de abrazarse.
—¿Puedo asarla antes? —dijo el viejo en broma.
—Ja, no, no puedes. Ellá vivirá después de todo, lo prometo. Así tiene que ser. Tienes que… escúchame, Max, no queda mucho tiempo. Escúchame. Voy a abrir la jaula--
—¿Y la sacas y me la… me la como? —preguntó el viejo.
—Por ridículo que suene, sí. Cuando cuente tres, abriré la puerta y deberás meter la mano de inmediato para agarrarla. Una vez salga de mí, empezará a chillar y vendrán los Rojos, ya no la podré calmar. Tiene que ser algo sincronizado, Max, estoy hablando muy en serio. Una vez la tragues, no la mastiques, deja que vaya entera y, cuando ya esté adentro… sólo vuela hacia afuera. De inmediato sabrás cómo. En Merton está de noche ahora, pero sabrás encontrar el camino antes de que salga el Sol.
Max asintió aún absorto. Decidido a recuperar el aire exterior, cerró los ojos un momento y sonrió mirando a Rej.
—Eres un héroe, muchacho.
—No —dijo Rej decidido y mirando al techo—. Empezaré, ¿de acuerdo? —Max asintió concentrado—. Uno… —empezaron a oír ruidos en el pasillo; el viejo alistó su mano—. Dos… —Los dedos en la puertecita de la jaula y unas llaves que sonaban cerca. — Sólo habrá Sol para uno de los dos –murmuró el muchacho, sonriendo de nuevo en un estado de gracia—. ¡Tres!
La jaula vacía en el vientre y la noche que se volvía eterna en medio de sus ojos abiertos. Pero aunque su cuerpo yaciera en esa celda subterránea sin volver a tocar un árbol nunca, la Luz del Mundo era ahora libre. El Sol volvía a la Tierra, permanentemente.
***
Aves para un voraz [capítulo cinco]
cinco
La nueva Hora del Fuego refulgía sobre Qaidria como si nunca la hubiera tocado. El Sol ahuyentó una vez más el frío de Merton pero no pudo hacer a un lado ese horror incierto que evocaban los eucaliptos.
Para cuando Rej cruzó el río, el Sol calentaba los fuertes vientos que lograban colarse por entre las ramas, despeinando su cabeza rubia y, detrás suyo, dentro de la jaula, el plumaje del búho marrón, quien se protegía agarrándose a una vara transversal que Rej había instalado. Aprovechando el gran ruido que producían las hojas secas que volaban por los aires y las ramas que se mecían pasivas ante la fuerza del ventarrón, el muchacho no escatimó esfuerzos en reforzar el sigilo en sus pasos y así pudo moverse más ágilmente por entre los árboles, donde ya empezaba a esbozarse el trino unificado.
Descargando la gran jaula de su espalda sobre el suelo, Rej observó por sus binoculares las copas de unos árboles cercanos. No logró distinguir gran cosa aunque oía aún a las aves cantar. Miró al búho sorprendido; el ave sólo miraba al suelo. Puso de nuevo las lentes en sus ojos y buscó detenidamente en cada rama y cada hoja allá arriba. Empezó entonces a bajar la altura de la vista y recorrió con algo de ansiedad cada rama y cada hoja otra vez. Por fin avistó un pájaro amarillo de cola un poco blanca. Dio un par de apacibles gorjeos al búho y abrió la puerta para dejarlo salir. Su mano en el aire acarició la cabeza con un gesto amigable. El búho ululó en voz baja y cerró sus párpados en señal de asentimiento. Cogiendo su caña de la pequeña jaula y colgándose de nuevo la grande, el muchacho se alejó con pasos cuidadosos mientras el búho se levantaba hacia las copas donde sus compañeras empezaban a disfrutar del baño de Sol.
Oculto tras un árbol altísimo, Rej miraba con frecuencia sobre su cabeza. El Sol a través de las ramas proyectaba en su cuerpo un entramado de sombras. Como una estocada, sintió un dolor agudo en su vientre que lo hizo desconcentrarse. Levantó su camiseta y vio la jaula desencajándose; un trozo de cera fría se había quebrado. Con mucho cuidado, la empujó de nuevo adentro y se mordió los labios para no gritar. Entonces, reloj, binóculos, otra vez reloj, otro árbol, binóculos, dolor, un pechinegro que llegaba junto a otros a cantar, otro árbol, cada vez más cerca, otro pechinegro, dolor, binóculos, otro árbol aun más cercano y otra vez dolor. Manejando su respiración, vio por los binóculos al búho marrón circundando un árbol de encino. Varias tángaras rojas lo rodeaban y elevaban sus cantos aun más alto. En medio del opus de los gorjeos, dulce y con luz propia, Rej se sumía cada vez más en su propia ambición. Siguió con los binóculos al búho y vio que se movía bastante hacia el norte, lo que hizo que tuviera que buscar otro árbol donde esconderse. Cada vez más ansioso, confiaba en que el búho le ayudaría a encontrar mucho más rápido esas mismas plumas doradas y esa misma frente blanca que lo hicieron palidecer la primera vez que las vio. Estaba obstinado en encontrarlo sin más preámbulos y sin ensayos previos, con una jaula presionando su estómago y un reloj, su conciencia. Se estaba haciendo tarde. Y en sus ojos, los árboles empezaron a desdibujarse.
Sudor en su cara. Se limpió con una muñeca y controló su respiración agitada. Tensionó sus ojos cerrados, luego los volvió a abrir. Esperó. Miró cómo las sombras de las ramas le golpeaban en un brazo y con la mano las palpó con mucho cuidado. Las empezó a recorrer con un dedo y de nuevo empezó a contar pájaros en su cabeza. La jaula presionaba su estómago. Respiraba a bocanadas, tensionó sus ojos cerrados y de nuevo los abrió. A su alrededor, el bosque dejó de contemplar el aire cálido y enardeció su horror escondido. El Sol seguía brillando y Rej sentía cada vez más en su piel un hálito de escabrosa frialdad. En la distancia, un chillido y unos aleteos abrumadores llenaron los vacíos. Tensionando su cuerpo una vez más y forzándose a seguir, Rej contó tres pájaros más en su cabeza antes de empezar a correr. Con la caña en su mano, fue más al norte tan veloz como pudo, abrió sus piernas al límite con cada zancada y se aproximó a un lugar donde los árboles crecían más juntos entre sí. Al llegar, serpenteó los troncos y avistó sin necesidad de binóculos cómo un océano de colores se extendía sobre las ramas varios metros arriba. Detuvo sorprendido su carrera ante el espectáculo que los pájaros alentaban con sus gorjeos como en un carnaval de sangre. Justo en la mitad del océano de aves se erigía un gran nido de pajas doradas, las cuales al sol parecía que dieran luz propia, y justo debajo del nido, a ras del suelo, el búho marrón cortaba en vano el aire con sus garras y frente a él, un ave dorada de frente blanca picoteaba a la defensiva mientras chillaba con vehemencia. Aunque el búho era más grande que la pequeña dorada, esta era más ágil y ciertamente más acertada en sus ataques. El muchacho atestiguaba con el aliento entrecortado. La batalla le recordó la forma en que en Merton celebraban las gestas deportivas anuales como si fuera una guerra, y no podía creer a sus ojos cuando notó cuán parecidos eran los humanos a los animales cuando la violencia los visitaba. Las parábolas que de pequeño había oído sobre el comportamiento animal y los peligros que acarreaba juntarse con ellos, eran ahora para él una verdad menos. Tantas prohibiciones eran sólo un miedo a los reflejos en el espejo del bosque. Cegados en sus ideologías endogámicas, la humanidad creía torpemente que el Sol aún brillaba sólo para sus ojos, que la vida por fuera de la especie era un mero ornamento, un capricho que existía como una competencia por la comida y las pocas fuentes de agua no contaminada. Rej veía a los pájaros como el Sol mismo, y aunque sabía ahora que esa misma capacidad de Razón que tanto vanaglorió su especie durante milenios conllevó a una casi extinción total del planeta en una secuencia de bombardeos justificados por artefactos políticos y científicos de poder, no podía evitar pensar en el dolor que sentía adentro con una jaula oprimiendo su intestino, una hemorragia caliente que ya se empezaba a sentir, unos estertores que ya no podían disimular más contemplando en silencio una gesta absurda. Su Razón aún limitada y hasta sinónimo de involución tenía que contrarrestarse con los últimos minutos de luz que tendría Qaidria ese día. Así como las alas para los pájaros, su Razón injustificada tenía que salvarle la vida.
Las miradas bélicas y la ira en las alas, cada embestida y cada ataque teñía las hojas secas. Escondido tras los árboles, Rej sólo esperó un par de minutos más para avanzar. Con cada picotazo, el bosque se llenaba de trinos y sus ecos, el océano emplumado celebraba con ahínco el enfrentamiento y la sangre se asomaba en todas las direcciones. Un viento empezó a soplar desde el norte y las ramas empezaron a mecerse aun más fuerte. Aunque este volvía a estremecer a Rej con aquel horror característico, lo consideró el momento propicio para moverse entre las hojas sin ser escuchado. Asegurándose de su ruta a trazar, abrió la puerta de la jaula de su espalda y alistó la caña en sus manos. Una sola bocanada de aire llenó su pecho a pesar del dolor en el cuerpo, y en un solo gorjeo que se escuchó con gran resonancia por encima de cualquier otro estremecimiento, le dijo al búho que se alzara en vuelo, que ya el Sol estaba por irse, que ya era hora, no se lo decía al búho, el bosque también oía, los encinos se paralizaron, el océano fue una tormenta a la hora de ser intruso, los pasos sobre las hojas y una sola movida de la caña, la puerta se ajustó en la jaula de la vara y el gorjeo dorado se desesperó sabiéndose preso por primera vez en una celda que si apenas era más grande que su cuerpo, no podía extender sus alas, el tiritar de plumas, picotazos en los barrotes, el búho herido entrando de nuevo a la jaula grande, pasos agigantados en señal de huida, un dolor en la cabeza similar al lamento de sus entrañas, un reloj intimidante, el Sol que empezaba a caer, un océano furibundo sobrevolando las hojas ensangrentadas, los pies serpenteando de nuevo los troncos, el camino sin alas, el viento que volvía al bosque una marea, en medio de la huida un intentar abrir la jaula de la caña, unos trinos tras su espalda que se oían más cerca, un odio en el aire, un tiempo orgulloso, el búho que empezaba a desmayarse, difícil misión en plena carrera, buscar un árbol con rapidez, el bosque borroso en sus ojos, el horror de nuevo latente, se detuvo en seco tras un tronco en mitad de la persecución, ya los trinos en su nuca y el odio como cuchillo rasgando la exigua luz de Sol, miró su caña con las plumas doradas como una estela, indefinidas, intranquilas, chillando exasperadas, abrió la pequeña puerta al tiempo que metió su mano y no contó hasta uno para meterse la bola caliente en la boca y tragársela sin masticar. Mientras el horror del bosque empezaba a definir su sonrisa con gorjeos enfurecidos cada vez más próximos, Rej apretaba sus ojos cerrados mientras sentía la bola caliente bajar por su pecho. Finalmente el ave dorada cayó intacta y en completo silencio dentro de la jaula de su estómago, ya sin aletear atemorizada ni clamarle nada al viento impasible. Rej la tenía adentro, la sentía suya, era él, ella era él, ahora tenía las alas, Merton antes de las tinieblas, Merton aún con el Fuego, volver a Merton aún con, el vuelo era palpable, olas de un océano iracundo que ya lo observaba de cerca, la caña de nuevo en su mano y el búho que ululaba despavorido ante la inminencia de los picotazos, era un mar de plumas ardientes y era un mar de Sol que se despedía con soberbia, en la oscuridad Rej sólo atinó a agarrar en su mano-ala derecha el primer pájaro azul que se atrevió a llegar y mirándolo a los ojos arrojó sobre su pico un soplo de vida. El viento se calló para dejar sonar algo parecido a unas alas batir, y Rej desapareció en el aire, dejando la ira en los encinos y la noche destajando las ramas.

