[el blog de como cuando uno suele por tendencia tratar de evitar caerse cuando como por error se tropieza con un borde de esos pequeños y escondidos y uno intenta sortear entonces la caída que le sigue y cuando sabe que no puede esquivar el golpe del piso le toca como girar para caer sobre el brazo protegiendo el pecho o con los brazos primero como queriendo ser fuertes pero el dolor igual se siente y ya cuando uno deja de pensar en cómo recibir el totazo es que se está o sobando o queriendo levantar]

11.2.10

De un pollo y dos inodoros

Sara entra a la casa de su abuela, acogedora y adecuada para vivir los últimos días. Dos baños, cinco habitaciones, amplios pasillos y un lugar donde mecer la mecedora. Adentro, en la sala, está su familia, es numerosa, callada, alta, adulta. Todos miran cómo ella, de cinco años, camina dubitativamente hacia el centro del lugar, ensuciando con el barro de sus zapatos el piso que todos los días trapea Leonorcita, la doméstica. Tras un somero regaño de su mamá, Sarita se descalza, deja los enlodados sobre el tapete de la puerta de la entrada y, sin soltar al pollito que siempre ha tenido cargando sobre su mano izquierda, camina de vuelta hacia el centro de la sala a contarle a su primo Fernando, mayor por cuatro meses, cómo el pollito aprendió a saltar charcos en el parque hacía un momento, cuando ya había escampado.


“Al parque por postre”, le responde a Sarita su papá sin bigote, por lo que Sarita ya intuye que puede resolver una duda en lo que tarda el reloj en ir del cuatro al cinco. No es una duda preocupante ni un conflicto personal, es sólo una cuestión biológica y anatómica que no requiere diploma en plomería ni en estudio de canales intermurales. Su tan adjetivada familia cierra entonces la puerta al partir -sin ella, claro está- y, mirando a su pollo en el piso, lo agarra por el cuello como levantando una moneda que ha girado cuatro veces al caer. Acorralado contra el pecho de Sara, el pollo pía cuando entran a la sala de la casa, Sara descalza y el pollo con hambre. Ahí, a pocos pasos de las huellas cafés que Sara dejó unas horas antes, está Fercho de nuevo, expectante por una nueva anécdota aviar o, aunque sea, una invitación a golpear en la cara al aburrimiento de un niño al que dejan cuidando a la abuela que ahora ronca en su mecedora, amenazando con dejar caer de sus manos cansadas una revista de cocina.


“Desde arriba”, dice Sara encaramándose con cuidado al primer escalón de los veintiocho totales. Fercho la sigue; por ser mayor, toma la delantera y se siente grande por llegar de primero al segundo piso, sintomatología de machismo a temprana edad al gritar “un caracol cargando un pollo, un caracol cargando un pollo, un caracol cargando un pollo” mientras saca su lengua y se ríe. Sara llega sin prisa al último escalón e ignora la burla ingenua, se adelanta hacia el baño del pasillo junto a la escalera y toca la puerta antes de entrar, no sea que adentro se encuentre a su tío Hernán, el gordo, liberando ritualmente los efectos de la digestión. Nadie responde, por lo que aprieta un poco al pollo antes de entrar, pisar el embaldosado, oler vestigios de ambientador y ver unos calzones mojados colgando de la cabeza de la ducha. Y, en medio de tanto decorado rimbombante, la base de cerámica ovalada, las curvas que llevan a la boca, el bizcocho de plástico y la tapa dura, vigilados desde arriba por la cadena que libera agua y que limpia al inodoro bajo sí de todo ataque humano. “Abajo está el otro, ¿cierto?”, ni Fercho ni el pollo entienden, “¿El otro baño?”, “Sí, Fercho, el otro baño”, “Creo que sí, yo sí creo”, y eso fue suficiente.


El pollo sabía saltar charcos, no nadar. Un revuelco en el agua bastó para salpicar la ropa, las piernas de los niños y los pies desnudos de Sarita. “¿Por qué echaste al pollo al inodoro, Sara?”, “¡A las tres salimos a correr, prepárate!”. Fercho sigue perdido y Sara, decidida, hala la cadena que libera agua y que limpia al inodoro bajo sí de todo ataque humano. No espera a ver al pollo siendo succionado por el pequeño hoyo subacuático y agarra a Fercho de la camisa y lo arrastra fuera del baño, a lo largo del pasillo, bajando las escaleras, sobre el primer piso, junto a la sala que exhala un ronquido viejo, a lo largo de otro pasillo y adentro del otro baño, igualmente embaldosado y con vestigios de ambientador. Sara levanta ansiosa la tapa del inodoro, expectante y jadeando. “¿Va a salir por ahí?”, dice Fercho, incrédulo. Sara no responde, está segura de que si contesta se perderá el instante concreto en que ese otro hoyo subacuático escupa una bola amarilla con patas y pico. Todavía resuena por los tubos, se alcanza a escuchar, el sonido del agua que ella había hecho fluir del baño de arriba. Un ronquido a lo lejos acompaña al silencio. Del vestido mojado de Sara, caen gotas al piso. No cruza la mirada con su primo en ningún momento, prefiere esperar, aguardar para recibir al pollo, alargar la mano porque en cualquier momento, en cualquier momento, algo piaría y la duda estaría resuelta.


“Sara, ¿qué pasa?”, ella voltea, su papá sin bigote bajo el marco de la puerta; le trae merengón. “Es que… estoy esperando a que salga el pollo.” Su papá mira al inodoro. Mira a Fercho. Mira a Sara con el vestido, las piernas y los pies mojados. Se escucha que arriba alguien hala de la cadena de un inodoro, seguido de un sonido ronco que proviene de los tubos y luego un grito desde el segundo piso: “¡Leonor, la abuela volvió a tapar el baño!”.

27.12.09

El activismo: arma necesaria en épocas de descenso

NOTA INTRODUCTORIA:
Tomo el activismo en pro del medio ambiente como modelo básico para este ensayo, pero no pretendo izarlo como el único válido, sino como uno entre tantos otros importantes, como la lucha contra el hambre y la pobreza, y contra la violación de los Derechos Humanos.

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Hoy que el mundo se deshace en manos de onerosos acuerdos entre gobiernos y multinacionales (y, por no agrandar tanto la cosa, también en manos de insensatos seres del común), quiero dejar de lado todo lo relacionado con mis problemas personales, el ego-ísmo* (no como defecto individualista sino como situación) y la depresión emocional.

*[Seré egoísta sólo al escribir partiendo de mi experiencia, pero es sólo como molde para poderlo hacer; no con proselitismo, aclaro (y espero)].

Bueno, la depresión no puedo tanto, porque en parte analizar la basura que me rodea termina afectándome incluso cuando quiero tomarlo desde un lado objetivo.

En una primera instancia, veo que las políticas que se manejan en cuanto a la conservación del medio ambiente son, no sólo mal diseñadas, sino condescendientes para con los intere$e$ de un colectivo 'influyente' (o 'poderoso'). No es nuevo esto, la corrupción, como el deseo sexual, viene de tiempos primarios. No entiendo en qué lugar del mundo dejó la gente insensata el intelecto: ¿cómo esperan sacar provecho de sus ganancias monetarias a costa de explotar tiránicamente los recursos naturales si a la vez dañan su casa, su Madre, su Tierra? Al Gore lo dijo en "Una Verdad Incómoda" y yo lo retomo aquí. Es que no es sólo pensar "oh, deberíamos cuidar la Tierra", ¡es cuidarla! No es sólo leer al respecto, informarse sobre lo importante que es apagar los electrodomésticos, es ponerlo en práctica cuando sea posible, difundir el mensaje, ser activistas. En cualquier área. Prácticamente hay mucho que cambiar en este mundo. Hay hambre, hay malos líderes, hay prejuicios, hay crímenes de odio, hay guerras civiles, hay consumismo, hay individualismo. El activismo es polifacético. En ese mismo orden de ideas, no es "oh, pobre la gente pobre", ¡es "hola, hermano y hermana, quiero que nos ayudemos"!

Debo a mi sentido activista toda la conciencia que poseo ahora. Creo que yo no importo más que mis causas y mis luchas y que no puedo dejar que me venzan los problemas cotidianos, las insensateces del día-a-día, la vergüenza ni la mojigatería; lo que verdaderamente trascenderá serán mis obras, y ojo, que no hablo de obras artísticas al enmarcarse mis estudios en ese área (estudio Cine). Aunque bueno, todo quehacer y acción es un arte en sí, pero en esos menesteres filosóficos no quiero ahondar ahora.

Lo que trascenderá serán mis huellas y las huellas de todos los que me lean y los que no. Y no quiero sonar a cartilla instructiva sobre cómo hacer el bien desde casa, sólo quiero impulsar el activismo como forma consciente de protesta, acción y satisfacción; esto último dado que, irremediablemente, el 'yo' pasa de ser motivación a ser 'víctima', es decir, uno deja de ser el que quiere hacer el cambio para pasar a ser lo que fue cambiado. Porque el activismo es una vanidad si no da resultados contundentes en uno mismo, independientemente de los agentes externos, que inclusive si llegan a ser desfavorecedores, se convierten en una razón más para seguir luchando.

El activismo debe ser de tiempo completo. No se debe tomar como un 'hecho reivindicativo', no hay yo en el activismo, aunque eso no signifique que no haya vida personal que lo impulse. Cada activista, independientemente de su área, debe propender a ser dedicado a la causa y a tener en mente, siempre, la meta por la cual va, que tiene que ser desinteresada y colectiva. Comenzar desde casa es una excelente opción: el activismo, siempre austero, se encauza en las pequeñas cosas para luego avanzar hacia grandes 'utopías'. La humildad debe ser consigna.

Existen excusas para no hacer activismo y una de ellas es la impotencia y el automenosprecio. Las utopías son preconceptos predeterminados. Nada es imposible, decía (paradójicamente) un eslogan comercial. Toda persona ignora su potencial en muchas ocasiones y no se da cuenta de que sólo se necesitan ganas para actuar, de que sus ideas son sus herramientas y sus manos sus ejecutoras. He ahí la importancia de la difusión de la información por medios alternativos y el boca-a-boca, los medios masivos han perdido fiabilidad y ya se han impregnado de propaganda conveniente para los organismos de poder: los Estados, las multinacionales y la empresa privada, etc. Esta difusión despertará un poder nunca imaginado y altamente soslayado: el poder popular. No es esta una incitación al levantamiento popular abrupto, sino al verdaderamente necesario, vinculante, justo y organizado. Si en cualquier Estado el poder está fragmentado, ¿por qué no toma el Pueblo, organizadamente, parte de él para aprovecharlo? Sólo hay que mirar la historia para ver que lo que inició las grandes Revoluciones fue el activismo. Así se destruyen las utopías, se viabilizan y se construyen.

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Me tomo un aparte de este ensayo para difundir, precisamente, causas magnánimas:
Avaaz es un colectivo con enfoque humanista que trabaja independientemente y realza en valor del poder popular como principal elemento para la toma de decisiones.

Más sitios para Tomar Acción:
1) En contra de la pobreza extrema

2) En defensa del medio ambiente:

3) En pro de la defensa de los DDHH en Colombia:

4) En defensa de la diversidad sexual en Colombia:

5) En defensa de los derechos de los animales y contra el especismo:

¡Actúa!

22.12.09

Dos vagancias provechosas

Se destina más de medio día a hacer actividades no concernientes a las debidas, esto es, a los deberes.
La vaguedad llega en un momento de sabias decisiones donde se decide no hacer lo debido, esto es, lo indebido, esto es, lo ocioso.
Rascarnos la barriga oyendo música, o reírnos de banalidades junto a un pana: eso es vagar con estilo, esto es, vagar provechosamente. Nunca se perderá el tiempo haciéndole caso a Kant.

Es así que aquello que no signifique nada en absoluto, merece un tiempo libre.

Y no debería llamarse libre, debería llamarse tiempo ocupado en algo que vale sin valer, esto es, que tiene su debido valor aunque se lo ignore.

La música y la risa.
Bailemos al son de los rictus sonorizados.